jueves, 30 de abril de 2009

Matías






Feliz cumpleaños,Mati!

María Victoria - Mal Correspondida


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Corin Tellado, No me caso por poderes (trailer)

_Jana, sé realista. Tu padre tiene toda la razón del mundo. Vivimos en un pueblo y nada se ignora….Además, la situación del país está muy mal y las grandes fortunas se fueron al traste. E s terrible que a la sazón, de una rica heredera, te hayas convertido en una chica más.
Jana no se sentía una “chica más”. Pensaba que debieron permitirle ir a la capital a estudiar cuando terminó el bachillerato. Pero no fue así.
Sus padres temían que se perdiera su moral, que se uniera a malas compañías…Y además consideraban que una chica de su posición no tenía, forzosamente, por qué ser universitaria.


Jana, nerviosa, se lo dijo a Lina, su mejor amiga.
_Oye, si por casualidad mis padres aparecieran por la terraza y te preguntaran por mí…
Lina le cortó riendo:
_Diré que has ido a la novena
_Tanto como eso…
_ ¿Pero no será lo que más les agrade? Igual piensan que estás pidiendo a santa Rita una idea luminosa para eso del matrimonio.
Jana no reía.


Jana suspiró.
Era una chica rubia, morena de piel por el sol, de grandes ojos verdosos, de expresión acariciadora. Delgada, esbelta y de estatura más bien alta, aunque no llegaba al uno sesenta y ocho, pero como era delgada y esbelta parecía tener una altura de más centímetros.
Vestía en aquel momento pantalones hasta el tobillo y estrechos allí, muy a la moda actual.


José la asió contra sí.
_ Jana…yo te amo. No tengo mucho para ofrecerte, pero soy abogado y trabajo en Madrid... Un día vine aquí por no saber adónde ir.Ni conocía este rincón de la costa…He vuelto este año por ti. Tú eso lo entiendes.
La besaba.
Le buscaba los labios con los suyos apasionadamente.


_Mamá- se ponía en la realidad más absoluta- ¿tú te casaste enamorada?
Laura hizo un gesto vago.
_ No tuve tiempo de saberlo, Jana
_ ¿No?
_ Pues no. Mi padre me dijo un día que Jacinto Benjumea deseaba casarse conmigo.
_ ¿Sin amor?
_ Jana, que antes no se andaba con esas cosas. Dos familias convenían unirse y se unían.
_ Eso es tristísimo
_ Eso es pensar con la cabeza
_ ¿Y el sentimiento?
_ ¿No quise yo a tu padre?
_ ¿Y qué opinas si apareciera otro hombre que te enamorara?
_ Eso jamás ocurría- dijo la madre, tajante- Obedecías porque era tu deber
_ Y pretendes llevarme a mí al tiempo de maricastañas
_ Los tiempos no cambian, Jana. Cambia la gente.
_ La gente es la que cambia los tiempos, mamá, no nos equivoquemos.
_ Si llegas a estudiar una carrera, serías ministro. Claro que con eso del socialismo, ahora cualquiera puede serlo.



_ Mira, te diré, si tu padre sabe de verdad que el impedimento para tu boda por poderes es ese abogadillo, lo expulsa del pueblo.
_ Mamá, que papá no es alcalde
_ Lo sé, pero es amigo de personas influyentes que si bien cambiaron la chaqueta para vivir mejor, el corazón sigue siendo el mismo
_ Ya no hay caciqueo mamá. ¿No te has enterado?
Laura la miró con amargura.
_ Pues en eso te equivocas, hija. No lo habrá a nivel de gobierno, pero a nivel de provincia sigue siendo el mismo, sólo que de otra ideología. ¡Si lo sabré yo!



_ Jana, si no te casas con Juan, nos meterás en un agujero sin fondo. Y me refiero a la economía.
¿Es que ella era responsable de que su padre viviera toda la vida de rentas?
¿Por qué no las puso a funcionar?
Con los amigos que tenía en la derecha que fue la que gobernó casi un siglo, con los altibajos que ya todos conocían, pudo haber manipulado su fortuna como otros lo hicieron.
Haciendo casas baratas que resultaban de oro para los promotores. Comprando y vendiendo chatarra. Manejando a los colonos como esclavos…
Comprando divisas y enviándolas a Suiza como casi todos los españoles corruptos.
Haciendo bloques inmensos de casas que vendían a los obreros por lo que se suponía un poco de dinero y además de destruir la legalidad urbanística, haciendo de ciudades preciosas, barrios cenagosos e indecentes, y encima pregonar que el obrero estaba más protegido que nunca, cobrándoles cemento por barro inmundo.


_ Debo tener voz y voto en mi propio destino. ¿No crees, mamá?
_ Yo no lo tuve en el mío y nunca me pesó.


_No te vayas. No soportaría que te fueses.
_ Escribe la carta, Jana. Y muéstramela mañana.
_ Tú aprecias a Juan.
_ No le aprecio, pero siento respeto por él, dado el cariño que tú le tienes. Pero no te olvides de que el cariño no es amor.
_ Lo sé. Lo aprendí contigo.


Sabía además que veinte años antes el pueblo estaba lleno de analfabetos y que sus padres y otros como ellos, eran los únicos señores y dueños, pero a la sazón de aquellos labradores, colonos o sirvientes, habían crecido los hijos que se hicieron médicos, abogados, químicos, profesores de filosofía…Y por lo cual sus padres y otros similares no podían considerarse dueños porque con su feudalismo no engañaban a nadie.


_ No nos ocultaremos más- le dijo ella
_ ¿Y tus padres?
_ Tendrán que aceptar los hechos, José. Las situaciones confusas no pueden ni deben eternizarse.

Los Cocineros, Mami

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Volverás a Corín


Al recordarla, mis mejillas se encienden, mi corazón se acelera, y un estremecimiento inexplicable recorre mi cuerpo…Se nos ha ido Corín Tellado, a quien Cabrera Infante rebautizara como “Corán Tullido”.
Líder indiscutida de la novela rosa, María del Socorro Tellado López (1927-2009) comenzó su carrera literaria en 1945 publicando Atrevida apuesta por la editorial Bruguera. En 1951 firma contrato con la revista cubana Vanidades, donde trabajaba, como corrector de pruebas, un joven Cabrera Infante.

En la década del ’60 varias causas concurren al éxito masivo: la estrategia editorial de acotar la periodicidad de sus novelas, la distribución en los kioscos, el cruce con la fotonovela, y la reivindicación académica llevada a cabo por Andrés Amorós en Sociología de una novela rosa (1968).
En O (1975) Cabrera Infante le dedica un agudo ensayo Corín Tellado: la inocente pornógrafa donde observa que el final feliz exige, además del amor eterno, una no menos eterna solidez económica.
Si bien la novela erótico-sentimental tuvo predecesores a principios del siglo XX como Felipe Trigo, Gregorio Mata o Eduardo Zamacois- y su epitafio genial en La novela del corsé de Manuel Longares- Corín Tellado se dedicó más a sugerir el erotismo que a explicitarlo.

Más cercana a Delly o a Carolina Invernizzio, Corín Tellado fue el emergente natural de la España franquista. La única imagen paternalistamente apologética que podían tener sus futuras lectoras-y lectores, que también los hubo- era la del ensayo sobre la mujer de Severo Catalina. Es muy probable que quien se educara sentimentalmente leyendo a Corín Tellado no leyera El jarama, ni Volverás a Región. No así a la inversa: algo debía haber en esas novelitas denostadas que no se encontraba en García Hortelano, o en cualquier otro seixbarralesco. Sus protagonistas son hermosas, liberales, profesionales: todo lo contrario de las chicas-o más bien, tías- que recuerdo de las fotos de aquel libro de Camilo José Cela, Izas, rabizas y colipoterras

Corín deja, tras de sí, una biblioteca de suspiros, anhelos, lágrimas calculadamente vertidas y amores imposibles que llegan a buen puerto. Las imperfectas casadas, las malmaridadas, las novias eternas, las adolescentes, las solteronas leían esas novelas con la regularidad de un rito, como un ejercicio de revancha y esperanza al mismo tiempo.
No he leído ni un cuarto de las novelas de Corín Tellado. Espero dar cuenta de las dos mil y algo de novelas que me faltan para ver si encuentro la perla más preciada: en alguna de esas novelas debe contarse la historia de una chica asturiana, periodista de profesión, que tiene un primer matrimonio por civil, y que, ya divorciada, se casa con un príncipe. Aunque la protagonista no se llame Letizia Ortiz, bastará esa trama para confirmar que Corín Tellado, además de novelista, fue una insospechada profeta de nuestro tiempo

María Victoria, Por seguir tus pasos


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sábado, 18 de abril de 2009

Polo de Medina, Fábula de Apolo y Dafne

Cantar de Apolo y Dafne los amores,
sin más ni más, me vino al pensamiento.
Con licencia de ustedes, va de cuento.
¡Vaya de historia, pues, y hablemos culto!;
pero ¿cómo los versos dificulto?,
¿como la vena mía se resiste?,
¡qué linda bobería!,
pues a fe que si invoco mi Talía
que no le dé ventaja al más pintado.
Ya con ella encontré, mi Dios loado.


Señora doña Musa, mi señora,
sópleme vuesasted muy bien ahora;
que su favor invoco
para hacer esta copla;
y mire vuesasted cómo me sopla.


Érase una muchacha con mil sales,
con una cara de a cien mil reales,
como así me la quiero,
más peinada y pulida que un barbero;
y en esto que llamamos garabato
la gente de buen trato
tenía la mozuela gran donaire;
pudiera ser poeta por el aire.


Aquí es obligación, señora Musa,
si ya lo que se usa no es excusa,
el pintar de la ninfa las facciones,
y pienso comenzar por los talones,
aunque parezca mal al que leyere;
que yo puedo empezar por do quisiere.
Y aunque diga el lector de mi pintura
que por el tronco sube hasta el altura;
que a nadie dé congojas
que yo empiece la ninfa por las hojas,
supuesto que son míos
estos calientes versos o estos fríos;
y el poeta más payo
de sus versos bien puede hacer un sayo.


Era el pie (yo le vi) de tal manera...
¡vive Cristo, que miento; que no era!,
porque, por lo sutil y recogido,
nunca ha sido este pie visto ni oído.
Era, en efeto, blanco y era breve...,
¡oh, qué linda ocasión de decir nieve
si yo fuera poeta principiante!


Llevando nuestros cuentos adelante,
y haciendo del villano,
me pretendo pasar del pie a la mano,
cuyos hermosos dedos
(esta vez los jazmines estén quedos,
y pongámosles fines,
enmendémonos todos los jazmines,
y el que así no lo hiciere,
y ser poeta del abril quisiere,
probará de las gentes los rigores;
y a fe que allá se lo dirán de flores).
Era, en fin, de cristal belleza tanta...


¡Pues no monda cristales la garganta!
porque tiene la tal de bienes tales
hasta tente garganta de cristales;
mas, al contrario, su boquilla es poca...
(vamos con tiento en esto de la boca,
que hay notables peligros carmesíes,
y podré tropezar en los rubíes,
epítetos crüeles);
¡qué cosquillas me hacen los claveles!,
porque a pedir de boca le venían;
mas claveles no son lo que solían,
ni en los labios de antaño
no hay claveles hogaño;
pero, para decirles su alabanza,
conceptillo mejor mi ingenio alcanza,
y tanto, que con otro no se mide:
es tan linda su boca, que no pide.


Otro escalón subamos más arriba
y mi pluma describa
sus mejillas hermosas;
Jesús, Señor, ¡qué tentación de rosas!,
¡qué notable vocablo!,
tentarme de botica quiere el diablo;
Apolo sea conmigo,
y me libre de modos tan perversos.
Rosa, y no por mis versos.
Vaya la rosa, váyase a la selva,
sobre el prado se ensuelva;
porque pintar con rosas los carrillos
eso llega a ser treta
de poetas de teta,
y a la ninfa que pinto
a dos por tres cualquiera murmurara
que le echaba rosas a la cara.
No quiero en las mejillas rosas bellas;
que da cámaras sólo con olellas.
Por eso de las rosas no me valgo;
vayan las rosas a espulgar un galgo.
No las han menester estas mejillas;
porque, para decir sus maravillas,
basta decir que están, por lo encarnadas,
como de haberles dado bofetadas;
que es éste el arrebol que las colora.


Sin duda las narices van ahora,
cuyos bellos matices...
(Dios me saque con bien de las narices)
tienen buen colorido,
y aunque yo su medida no he medido,
hablando por barruntos,
calzará la nariz sus cinco puntos;
que ya por descarnada y por la hechura
tenía esta hermosura
(si tengo de decillo)
por narices el miércoles corvillo.


Ahora falta lo mejor de todo:
los ojos van ahora.
Yo seré un tal por cual si digo aurora,
ténganme por rüin si digo albas
y por poeta que nací en las malvas.
Los luceros también ya se acabaron;
en materia de ojos expiraron
modos tan lisonjeros;
tenga Dios en el cielo a los luceros;
que los ojos de Dafne, por mejores,
azabache me fecit, mis señores.
De la Etiopía son sus niñas bellas;
¿mas que temieron que dijera estrellas?


Paso adelante, y déjome las cejas,
aunque son extremadas;
dénlas vuesas mercedes por pintadas,
pues no es fuerza que yo lo pinte todo,
y ahora ignoro el modo
de dibujar su exceso,
y den gracias a Dios que lo confieso;
que pudieran, y es fácil, encontrarse
con poeta que no lo confesase.


Componiendo las tres ánades, madre,
a la frente he llegado;
gracias a Dios que no las he cantado,
y que las desdichadas
una vez han salido de cantadas.
En fin, tarde o temprano,
ya la frente tenemos en la mano;
díganme: Dios te ayude,
aunque lo quiten cuando yo estornude;
que hay su dificultad en lo que digo.
Vaya el lector conmigo,
y si no quisiere ir, que nunca vaya;
que, en efeto, hace raya
a cuantas frentes hay la frentecilla.
Ya me obligo a decirle maravilla
por sólo el consonante,
y por lo mismo la diré diamante.


Cuantas frentes yo he visto y cuantas trato
no son a su zapato;
porque la dicha está limpia y serena,
con sus ciertos humillos de azucena.
Dije azucena; en fin, no pude menos;
que el concepto me vino de a paleta;
y así, ningún poeta,
aunque sea el mejor de los mejores,
diga: «No beberé de aquestas flores.»


Llevaba su perico, y bien arguyo,
que no es poca alabanza decir suyo;
que hay perico tan vano, que blasona
que desciende de un muerto su persona,
y esto es de manera,
que, llegándome ayer a una mollera,
me dio un tufo de kyries el cabello,
con ponerme de lejos para olello,
y de responsos rancios y podridos
saqué encalabriados los sentidos;
mas, como la piedad en mí no falta,
a su lado me puse, y en voz alta
a todos les suplico
que den para enterrar aquel perico.


Mas vamos al intento:
Era la ninfa como se los cuento
y al modo que mi pluma la retrata;
¿quién le quita, si es bella, el ser ingrata?
Como quitarlo del altar sería:
tuvo una condición como una tía.
Pudiera un ermitaño, si quisiera
pasar áspera vida y muy austera,
buscando el mejor modo y el más cierto,
irse a su condición como a un desierto;
que tuvo esta hermosura
una madrastra en cada miradura.
Valía la suegra lo que pesa,
y en otro tanto oro,
al decirla cualquiera: «Yo te adoro»
la respuesta que daba
con sólo las palabras arañaba,
en una razón suya (y no es exceso),
yo vi rallar un queso.
No supo más de amor que aquella peña;
¡hideputa, qué arisca y zahareña!
Si alguno, que la rinde su albedrío,
la dice: «Dueño mío,
pues llegué a ver tus ojos, fui felice»;
no dijera una sierpe lo que dice,
respondiendo al que llega
como una labradora que es gallega.


A este Nerón de nieve,
a esta suegra de rosa,
a esta cruda niña,
a esta hiel y vinagre con basquina,
a este tigre encarnado,
la vio un día, saliéndose hacia el prado,
Apolo, un jovenete
de estos de guedejita y de copete.
Que, en vez de los cabellos, oro peina
pudiera ser querido de una reina;
mozo muy bien nacido,
de solar conocido,
y que viene de buenos...
Mas ¿linajes ajenos
me pongo a averiguar? ¡Qué desvarío!
Y si hay quien quiera averiguar el mío,
¿no me ha de dar enojo?


Así como la vio, llenóle el ojo,
y de verla se arroba,
y quedósele el alma hecha una boba,
los ojos boquiabiertos;
que con ellos no chista.
Muy adrede la vista;
que le dejó aturdidos
con un zas de belleza los sentidos:
manos de admiraciones.
De Dominus vobiscum las acciones,
cargado sobre un pie, y el otro alzado
y puesto a lo de paso comenzado,
columpiándose el cuerpo con vaivenes,
a lo de vas o vienes,
muy indeterminable de estatura,
y puesta de opiniones la postura,
sobre si ha de llegarse o no llegarse.


Comenzó don Apolo a desbobarse;
y de tanta hermosura satisfecho,
dijo en su corazón: «Aquesto es hecho,
esta rara belleza
será mi quebradero de cabeza.»


Íbasele acercando el mancebito,
haciendo con la boca un pucherito,
a medio declararse con la risa,
pronunciando jalea y canelones,
que pudieran beber con las razones;
el gesto con agrado
de los que llegan a pedir prestado;
zalamero el semblante,
como con su doctor un platicante;
y llegándose más a su presencia,
con la cara de oír de penitencia,
y el rostro tan indigno,
que parecía amante capuchino,
con retórica sabia,
que tenía el mozuelo buena labia,
comenzó el parlamento
con lo de «mi atrevido pensamiento».


Díjole: «Reina mía,
aquí tiene un esclavo vueseoría;
que esa rara beldad me ha cautivado,
porque es la Barbarroja de este prado,
y con aquestos bríos
es vuesasted cosaria de albedríos.
Muerto me tiene ya su rostro hermoso,
porque es de cuando ve roso y belloso,
y a trueque que me mire (aquesto es cierto),
yo me doy por bien muerto.
Admita esta fineza;
que en mí tiene un criado esa belleza;
y ninguno más bien puede agradarle,
porque tengo que darle;
y haré que vayan, si es que no se enoja,
por barquillos y aloja;
que tampoco de balde no la quiero,
yo quiero que me cueste mi dinero.
Mi dinerillo es bien que me socorra,
no quiero amar de gorra,
que es estarme cansando,
y es amar ad Efesiosen no dando;
pues de que no se cogen hay certezas,
a bragas enjutas las bellezas;
y ahorrando razones,
callen las barbas y hablen los doblones.


«Quiérame vuesasted, no sea perdida;
que pasará una vida,
si no es conmigo ingrata,
con más comodidad que una beata.
Y si no me tratare con desprecio,
pasaráse una vida como un necio.
Quiérame vuesasted, no sea avara
que también tengo yo muy buena cara.
Vuélvase cara mí, porque le cuadre,
no han aquí a su padre ni a su madre.»


Esto le dijo Apolo a espalda vuelta;
pero, ella resuelta,
revolviendo la cara con asombro,
y puesta de Agnus Dei por sobre el hombro,
cejando atrás la vista,
facinorosa de ojos y semblante,
miradura matante,
dijo, como si fuera un enemigo:
«Galán, ¿habla conmigo?
¿De cuándo acá conmigo en esos puntos?
Diga, ¿en qué bodegón comimos juntos?,
¿cómo me dice a mí esas picardías?,
¿hame visto en algunas puterías?
¿Miren con qué nos viene?
si por otra me tiene,
vaya a buscarla y diga su fineza,
y no me esté quebrando la cabeza,
ni con ese su amor me descalabre;
llame a otro amor, que aqueste no se abre.
Mire, no me amohíne,
y que soy no imagine
ninfa de por ahí ni de mal pelo;
vaya a querer al horno de su abuelo.
¿No hay más sino, perdiéndome el decoro,
éntrome acá, que adoro;
y venir estirándose de ceja,
con sus once de amor, como de oveja?
¡Oh que cosas donosas!,
¡amiguita soy yo de aquesas cosas!,
que vendrá por amor, y si me enfado,
volverá trasquilado;
miren con quién se toma,
señor Apolo, yo, horro Mahoma,
y no hay amor que tenga.»


Enfadábase Apolo de la arenga,
y viendo tan esquivo lo que adora,
la dijo: «Hará, señora,
dejémonos de cuentos;
¿de qué nos sirven tantos aspamientos?
Vuested me ha de querer, cuadre o no cuadre,
o mire en qué hora la parió su madre.
Dejarme de querer será cansera,
vueced me ha de querer, quiera o no quiera.
No con miquis aquesas zangas mangas,
haga un amor de haldas o de mangas,
y el amor, mi señora, en paz tengamos.
¿Parece que jugamos?
¡pues a fe, si me enojo!
¡pues a fe, si la cojo!
que yo la haga querer a más de a paso.
Vamos, señora, al caso:
que usted no me conoce,
y por menos que eso, lo eche a doce;
que soy la piel del diablo.
Diga, ¿empieza a quererme?, ¿con quién hablo?,
¿somos aquí o no somos?,
¡vive Cristo!, que trata de dar comos.»


Dafne le respondió, muy alentada:
«Ya he dicho dos mil veces que me enfada;
y con todos sus fieros y su enfado,
no tendré más amor así que asado;
porque doncella soy y soy bonica.»


Mas Apolo replica:
«Doncellear como querer es eso.
Vaya a otro perro usted con ese hueso,
mas no a mí, que las vendo.»
Y diciendo y haciendo,
embistió por un lado.
Ella, viendo el negocio mal parado,
las lio (como dicen los vulgares),
sin esperar a dares ni tomares;
pies puso en polvorosa,
y exhalación corrió de nieve y rosa.


Pesiatal, ¡que lindo verso he dicho!,
¿es barro aquesta frase?,
ya soy poeta de primera clase;
pues digo rosas y hablo primaveras,
que también hablo yo muy bien de veras,
y hace muy mal quien algo no me alaba.


Iba la ninfa que se las pelaba,
y mil que entienden desto, y que la vieron,
unánimes dijeron:
«Como un caballo vuela»;
digo, que era una ninfa Valenzuela.


A puto el postre Apolo la seguía,
y a voces le decía:
«Detente, fugitiva de mis ojos,
mira que vas descalza y hay abrojos,
y maltratando vas tus plantas tiernas,
y se te ven las piernas,
que son para doncella desacatos;
toma, que aquí te traigo unos zapatos,
mas, ¡ay!, que a ser ingrata te resuelves,
pues a un toma no vuelves.
No eres mujer sin duda,
si un toma no te muda;
pues ¿quién con una manda
su dureza no ablanda?
Que es el cátalo hecho en cualquier cosa,
¿no es posible que, dándote, no quieras?
Unas enaguas te daré de veras,
con que salgas al prado de mañana,
y en viéndote un poeta tan galana,
preguntará: ¿Quién es esta señora?»,
y él mismo se dirá: «Será la Aurora;
¿quién había de ser cosa tan bella?
O es en chapines bajos una estrella?»


¡Qué de cosas te pierdes!
Si me adoras, daráste lindos verdes,
y el mejor ha de ser que no te guarde,
dejárete salir mañana y tarde;
con esto no es posible que estés sorda.
Mucho holgara esta vez que fueras gorda
por poder alcanzarte.
Mucho corres, pues no te alcanza un darte.


Detente, fugitiva,
tente, rosa con pies y nieve viva;
que eres, por lo veloz y por lo breve,
mala nueva de nieve,
cobarde, de marfil o de azucena,
o corres con las zancas de una pena.


Mira que soy prudente, ninfa, tente;
y claro está, pues doy, que soy prudente.
¿Cómo tan sorda estás a mis doblones?
¿cómo tan sorda estás a mis razones?
Siendo yo tan discreto,
escúchame siquiera este soneto.
Ea, detente, ninfa de mi vida,
que tengo el alma por tu amor perdida.
No me dejes, ingrata e importuna,
siendo sol, a la luna;
siendo día, de noche;
mira que soy hermoso y tengo coche.


Coche le dijo apenas,
cuando, corriendo como Dafne iba,
volvió la cara, un poco compasiva,
y dijo sin pararse:
«Pues no me paro a coche, no hay cansarse;
un imposible labra,
atrás no ha de volverse mi palabra,
y ha de cumplirse, si una vez lo dije,
aunque aquesto del coche es quien me aflige.
Mas aunque rabie y muera, tijeretas.»


Con esto apretó Apolo las soletas,
y pescóle el coleto, aunque no quiso.
Ya el so letor verá que aquí es preciso
que Dafne diese aullidos,
mil voces y gemidos;
diolas, en fin, que se desgañitaba,
mas yo no quiero darlas, si las daba.
Paso adelante y déjome de voces;
que aunque estoy en la silva o en la selva,
no es justo que a dar voces me resuelva.


En fin, Dafne las daba,
y dada al diablo con Apolo estaba;
y de enojo impaciente,
diole un bocado y apretóle el diente.


Escocióla el bocado, a lo que entiendo,
porque Apolo le dijo muy gruñendo:
«Suelta la disoluta,
valga el diablo la hija de la puta;
¿ella sabe a quién muerde? ¿a quién enfada?
A fe que si le doy una puñada,
que yo le haga que de mí se acuerde.
¡Pésia con la bellaca, y cómo muerde!»
Y al punto le replica la señora:
«Como no diga zas, déla en buen hora;
que no se me da un sastre de sus fieros.
¿Piensa que trata aquí con sombrereros
o alguna gentecilla semejante?
Lindo escorrozo tiene el muy bergante.
Si es que intenta mi ofensa
porque me ve mujer, muy mal lo piensa.
Ráigansele del casco esos intentos,
que me vuelvo laurel y no hay más cuentos.»


Pues dicho y hecho fue como lo dijo.
Sin que supiese Apolo
cómo ni cómo no se convertía,
que mil cruces de verla se hacía;
y viendo que la ninfa renegaba,
y para lo del siglo se acababa;
viéndola con los ojos laureados,
y de laurel los dientes traspillados,
cuando estaba crüel, ingrata y fiera,
en el último vale de madera;
antes que diese con aullido ronco
la boqueada última de tronco,
y antes que diese el cuerpo transformado
al verde purgatorio de aquel prado,
con las voces muy flacas y en los huesos,
tono convaleciente y deslanguido,
a lo estar en ayunas el gemido,
tan metido en el centro,
que parece que hablaba desde adentro,
la dijo en aquel trance,
en vez de un «Dios te valga», este romance:


«¡Oh, qué verde necedad,
ingrata Dafne, cometes!
Disparate de la selva
será tu mudanza siempre.


«Ay, mozuela boquirrubia,
y ¡qué perdida que eres!
¿No sabes tú, cuitadilla,
lo que en tu hermosura pierdes?


«Mira que dineros valen
buena cara y años veinte,
y no quiero yo de renta
más raíces ni más muebles.


Aprende de tus vecinas
hermosuras genoveses,
que haciendo trato su cara
dan chento por chento el trueque.


«¿Quién te mete en ser laurel?
no es mejor cuarenta veces
salirte al prado encarnada
que estarte en el prado verde.


«No hay sino vivir, y ser
apacible con las gentes,
y quédese lo severo
para un turco matasiete.


«Lo esquivo se usó antañazgo,
y se usaban los desdenes
cuando los cabellos rubios
eran gala en los copetes.


«¿Eres tú jurisconsulto
que ser alcalde pretende,
y presenta por servicios
la condición de una sierpe?


«Sea laurel quien gustare;
que no es justo que te empeñes
en sazonar los pescados
ni engalanar escabeches.


«En victorias de aceitunas
sólo a ser corona vienes;
gentecilla tan soez,
que en zapateros se vuelven.


«Dirásme, desvanecida,
que adornarás muchas frentes;
pero un cuerno hace lo mismo
en muchas honradas sienes.


Esto Apolo le decía,
llorando de veinte en veinte
las estrellas como el puño;
y ella se estuvo en sus trece.


Y viéndola ya laurel,
les dio a sus hojas crueles
bula de absolver de rayos
cuando los nublados truenen.

Polo de Medina, Retrata un galán a una mulata su dama


Hoy hace justo un año y cinco meses,
dos semanas, tres días y diez horas,
menos quince minutos
que mis ojos enjutos
un punto no se han visto, ninfa honrada.
Perdóname lo honrada, si te enfada,
y lo de ninfa también, que es vulgar cosa
decir luego un poeta ninfa hermosa
a la dama que alaba; y no querría
enfadar a la mía
con estos epitetos
muleta de los versos y concetos.
Digo, volviendo al caso, que ha dos lustros
de días, que son diez, que voy buscando
un nombre dulce y blando
que con el tuyo frise
como con el de Inés frisa el de Nise,
con Isabel Belisa
con Francisca Fenisa.
En el alma me pesa
que te llames Teresa,
porque dando una vuelta al Calepino
enfadoso, colérico y mohino,
no he encontrado en el volumen suyo
nombre que venga con el nombre tuyo.
Pero mi amor mi ingenio y me codicia
hallaron en Teresa el de Tiricia,
y con voz más lozana
también a Tertuliana;
escoge de los dos, y si el primero
te parece mejor y más entero,
por escogerlo tú, tengo por llano
que lo tendrá por bien el Tertuliano.
Sabrás, dulce Tiricia de mi vida…
pero eres mi homicida,
y es mejor el llamarte, aunque es más fuerte,
cruel Tertuliana de mi muerte,
que el dios ciego, rapaz o niño tuerto,
por ti me tiene muerto:
pero no digo bien, cuando estoy vivo,
y hablándote y quejándome te escribo
porque es muy llano y cierto
que no habla ni escribe el que está muerto;
y es caso peligroso
que me tengas, mi amor, por mentiroso.
Digo, pues, que me abraso y me consumo
pues me sale del alma al rostro el humo,
y mi cara morena
es claro indicio que en tu fuego pena:
mas temo que este fuego,
al punto has de decir que es burla y ciego;
porque si es tu belleza quien lo atiza,
ya me hubiera su ardor vuelto en ceniza,
y que, para creella,
no has visto de mi alma una centella,
y las flechas de amor, del alma avispas,
siempre que encienden fuego, arrojan chispas.
Humilde, al fin, te quiero
más que Leandro a Ero,
si bien con algo menos de provecho,
pues no he pasado mar, ni visto estrecho;
y en cosa tan notoria
es de amante novel picar historia.
Aquí dijera agora
que tu galán te adora;
mas callo, porque temo
castigos de blasfemo;
y requiebros que huelen a gentiles
son de amores plebeyos y civiles;
y yo, aunque poco valgo,
te estimo y quiero con amor hidalgo,
sin pecar con desvelos
la moneda forera de los celos.
Suele un amante, que de veras ama,
ablandar a su dama
cuando está rigurosa,
con lisonjas de hermosa,
retratando su rostro en breve suma
con ingenio pintor y pincel pluma;
y después, cotejada la pintura
con la viva hermosura
le parece el retrato,
como a Zorobabel Poncio Pilato:
pero yo sin lisonja,
que parezca poeta, o huela a monja,
quiero pintar al vivo
tu cara o rostro, de belleza archivo.
Podrá ser que te ablandes,
bello lienzo de Flandes
o serafín murciano,
viéndote retratada de la mano
de tu galán Apeles;
y si sigues tan dura como sueles,
diré que he retratado
de Daphne el cuerpo de corteza armado.

Comienzo a lo usual, por los cabellos
que son del mismo Sol los rayos bellos;
mas no vienen tus hebras con sus rayos,
porque ellas son morcillas y ellos vayos.
Y si digo que son madejas de oro,
a mí y a su beldad pierdo el decoro,
pues habrá quien me tache
de que vendo por oro el azabache;
y fabricar mentiras semejantes,
más es de mercaderes que de amantes.
Digo, pues, que tu moño y tus guedejas,
cortesanos discretos,
son muchos pelos prietos
que tu mano adereza
y están asidos siempre a tu cabeza,
entre cuyas sortijas
suelen criarse algunas sabandijas,
de que es, porque su casta allí no reine,
conde de su expulsión el boj de un peine.
Leche, cielo, cristal y nieve ardiente
dijera que es tu frente
mas no habrá quien lo crea,
cuando en tu frente vea
aquesta tez bastarda,
poco menos que negra y más que parda;
y porque algún curioso si te mira,
no me halle en mentira,
digo que es tu color leche entintada,
hollín nevado y nieve azabachada;
un cielo a media noche
cuando está de la luna ausente el coche,
con una infinidad de pecas bellas,
que en mulato cristal sirven de estrellas
Dos arcos son tus cejas de Cupido,
con que a tus pies rendido
tiene al cuerdo y al loco;
y si este nombre es poco,
son dos arcos, que al suelo
muestra las nubes cuando llueve el cielo;
son dos arcos triunfales y dos arcos turquescos;
mas estos epítetos no son frescos,
porque tienen más años
que yerros un doctor y un sastre engaños.
Y si bien se me acuerda,
el arco de Cupido está con cuerda,
y para disparar virotes suyos
no la tienen los tuyos,
y del arco del cielo, dirá alguno,
que los tuyos son dos y el otro es uno.
Dejemos falsedades
y digamos verdades:
tus negras cejas son por un estilo
de cerdas o de hilo

mal teñidos dos fluecos,
unas veces mojados y otras secos,
del agua que sudando es fuerza exprima
la frente que está encima;
mordaces tenacillas
son hoces y corbillas,
y alegre o con enojos,
sirven de guardapolvo a tus dos ojos.
Llamarelos estrellas rutilantes,
a las del mismo cielo semejantes.
¿Mas qué tienen que ver ojos y estrellas
si ellos son negros y doradas ellas?
Y aún cuando los llamara
del firmamento oscuro de tu cara
lucaros zahareños,
también para luceros son pequeños;
y si, por menos bajo,
ahora les encajo
el título de soles,
son tramoyas de cisnes españoles,
que siempre que celebran
bellezas que requiebran,
les parece alabanza humilde y baja
si no hurtan al cielo alguna alhaja.
Mas yo, que por lo ronco y por el tizne
tengo poco de cisne,
diré que son las luces de tu frente
(si ella misma no miente)
dos enlutados ojos con dos niñas,
de quien son cuatro párpados basquiñas,
que con travieso estilo
al sesgo miran siempre y nunca al hilo.
Que de sus tiernas guardas,
son las pestañas picas o alabardas,
hermosos pasadizos de la vista
que puso el celestial y eterno artista
en monjas, frailes, clérigos y legos,
para mirar y ver, si no son ciegos.
Cañón de plata o zona que divide
estas esferas y lucientes globos:
eso musa a los bobos.
¿Qué esfera, ni qué globos, ni qué antojos,
si acabáis de decir que son dos ojos?
Volved a la nariz: cañón de plata
dijera que es la tuya, hermosa ingrata;
mas no se compadece
decir que es plata, si vellón parece;
llamárala almendruco,
como cualquier poeta mameluco.
Tu nariz es, murciana Melisendra,
muy grande para almendra;
y si este es desatino,
vendamos pan por pan, vino por vino.
Digo, que es tu nariz un corvo caño,
unas vecas de alambre, otras de estaño,
al que sueles en breve
poner a su nogal fundas de nieve,
pues sus caños de enebro
purgan las inmundicias del cerebro.
De tus rojas y cándidas mejillas
dijera maravillas,
llamáralas auroras,
mas no están de una suerte a todas horas,
que si en la madrugada
sale la aurora blanca y encarnada,
tus mejillas descubren
el ébano que encubren,
porque en ellas el ébano es postizo,
y la grana y jazmín prestado hechizo.
A no ser que quisieras
que las llamara eternas primaveras,
claveles deshojados
sobre campos nevados,
o en mosquetas hermosas
entreveradas rosas,
sangre vertida en leche,
o aquel nuevo y ridículo escabeche
de cristal y de grana....
Mas toda es jarcia vana
que ahora razonan y cantaron antes
poetas mendigantes,
fantásticos pintores,
juntando tintas y mezclando flores.


Mas no quiere mi amor hacerte ofrenda
del color que se halla en cualquier tienda,
ni de flores, despojos de la mano
de cualquier hortelano,
que brotó la maceta
del tierno casco de cualquier poeta.
Son tus mejillas dos nevados pomos,
que algunos llaman romos,
cuyo color butillo
quiere matrimoniar con lo amarillo;
y para disfrazar su taracea
de contraria librea,
viste tu mano franca
un negro bombasi de tela blanca,
que un tejedor mortero
urdió y tejió primero,
mezclando, y no de balde,
con pelo, solimán, trama, albayalde;
poniendo con cautela
sobre la blanca tela,
dos rosas encarnadas
del papel trasladadas,
sellada provisión que un dedo cita,
dada en Granada y en Guadix escrita;
con lo que queda el rostro ufano y hueco
con su mismo embeleco,
de ver, cuando al cristal su imagen miras,
cubierta una verdad con dos mentiras.
Solo ahora me toca,
bella Tiricia, dibujar tu boca:
son tus hermosos labios,
del más fino rubí dulces agravios;
rojo clavel partido,
breve listón de nácar dividido;
animados corales
de dos sartas de perlas orientales;
o de diamantes puros,
con bella proporción dos bellos muros;
pero estas herejías
alabanzas no son, sino ironías
que al pecho más extraño
inclinan, y enternecen con su engaño,
que por ley que promulga,
la vulgar opinión las descomulga;
y yo, como poeta bautizado,
no quiero estar por esto excomulgado,
y pues estas son burlas lisonjeras,
volvamos a las veras.
Tus labios son dos labios solamente,
y una tu boca, o puente;
del pan, del agua, de la voz y aliento,
sonoroso instrumento,
cuya color impresa
es madroño una vez, otra camueso,
según los bruñe y pinta
el sangriento brasil resuelto en tinta.
Muros de tierna carne, y no de yeso
de ocho dientes de hueso
y otros cuatro colmillos,
ya blancos, ya amarillos,
y veinte muelas que tu boca esmaltan,
menos las que te saltan,
con que, sin que pesar de hacerlo tomes,
muerdes, mascas y comes,
hablas, alientas, cantas y suspiras
y la saliva tiras,
escupes, y en mil modos
pides zagaz a todos,
y alegre «si» pronuncias
si te promete alguno el bien que anuncias,
y rebelde, sin gusto y con despego,
me respondes un no, cuando te ruego.


Dejo la barba y cuello,
brazos, manos y pecho hermoso y bello
(del vello que lo tapa,
que a tu morena piel es felpa y capa)
porque no piense y crea,
cuando estos versos lea
el malicioso y rudo,
que voy aderezando algún menudo.
Este es, ingrata ninfa, tu traslado,
sacado, corregido y concertado
con el original de tu persona
Las faltas me perdona,
que por ellas remito
al vivo original todo lo escrito:
ablándate, pues quiero
ese animado acero;
muéstrate a tu galán menos ingrata;
mira que si me mata
tu desdén excesivo,
estando muerto, no has de verme vivo;
y mientras fuera vivo, ten por ciertoque he de quererte y no has de verme muerto


Apostilla 3


Salvador Jacinto Polo de Medina nació en Murcia en 1603. En 1630 publicó Academias del jardín, miscelánea de prosa y versos; en 1633 compuso Ocios de la soledad, donde criticó el gongorismo y, a la vez, se inscribió en él. En 1636 publicó Hospital de incurables y viaje de este mundo al otro y en 1657 El gobierno moral a Lelio, tratado sobre la prudencia. Falleció en 1676.
Su silva Retrata un galán a una mulata, su dama es la plataforma-confesa-de la que despega Sor Juana para el retrato de Lisarda.Sobre la figura y contexto literario de Polo de Medina hay un meduloso estudio de Francisco J. Díez de Revenga, editado por la Academia Alfonso X de Murcia.

jueves, 16 de abril de 2009

Frey Antonio das Chagas, Soneto

Deus pede estrita conta de meu tempo.

Forçoso de meu tempo é já dar conta.

Mas como dar sem tempo tanta conta

eu que gastei sem conta tanto tempo?

Para ter minha conta feita a tempo

o tempo me foi dado e não fiz conta.

Não quis sobrando tempo fazer conta,

Quero hoje fazer conta e falta tempo.

Oh, vós que tendes tempo sem ter conta

não gasteis o vosso tempo em passatempo,

cuidai enquanto é tempo em fazer conta.

Mas, ah! se os que contam com seu tempo,

fizessem desse tempo alguma conta,

não chorariam como eu o não ter tempo.



Dios pide estricta cuenta de mi tiempo. / Forzoso es de mi tiempo ya dar cuenta. / Pero cómo, sin tiempo, dar la cuenta/ yo que gasté, sin cuenta, tanto tiempo? / Para tener mi cuenta hecha a tiempo / el tiempo me fue dado y no hice cuenta / Sobraba tiempo y postergué la cuenta / Hoy quiero hacer la cuenta y falta tiempo. / Oh tú, que gastas tiempo y no haces cuenta / no malgastes tu tiempo en pasatiempo / advierte que ya es tiempo de hacer cuenta. / Pues-ay!- si los que cuentan con su tiempo / hiciesen de su tiempo alguna cuenta, / no llorarían, como yo, no tener tiempo/

(Versión castellana : Ignacio Vázquez)

Apostilla 2

Affonso Romano de Sant’ Anna en su imprescindible libro Barroco, do quadrado à elipse (2000) cita este soneto de das Chagas como ejemplo de las proezas combinatorias que eran moneda corriente en el barroco portugués.

Frey Antonio das Chagas(1631-1682) nació en Portugal, vivió en Bahía y se convirtió a raíz de las lecturas del asceta español fray Luis de Granada e ingresó a la orden franciscana. Entre sus obras, publicadas después de su muerte, se cuentan Faiscas de amor divino e lagrimas da alma (Lisboa, 1683); Obras espirituaes (Lisboa, 1684-1687); O Padre nosso commentado (Lisboa, 1688); Espelho do Espirito em que deve verse e comporse a Alma (Lisboa, 1683); Escola da penitencia e flagello dos peccadores (Lisboa, 1687); Cartas espirituaes (Lisboa, 1684); Ramilhete espiritual (Lisboa, 1722).