martes, 29 de mayo de 2012

Georges Perec, El mundo





El mundo es grande. Los aviones lo surcan en todas direcciones todo el tiempo.

Viajar. Podríamos obligarnos a seguir una latitud dada (Julio Verne, Los hijos del Capitán Grant) o a recorrer los Estados Unidos de América por orden alfabético (Julio Verne, El testamento de un excéntrico) o haciendo coincidir el paso de un estado a otro con la existencia de dos ciudades homónimas (Michel Butor, Mobile).

Sorpresa y decepción de los viajes. Ilusión de haber vencido la distancia, de haber borrado el tiempo.
Estar lejos.

Ver de verdad algo que durante mucho tiempo sólo fue una imagen en un viejo diccionario: un géiser, una catarata, la bahía de Nápoles, el lugar donde estaba situado Gavrilo Princip cuando disparó al archiduque Fernando de Austria y la duquesa Sofía de Hohenberg en la esquina de la calle Francisco José y del paseo Appel, en Sarajevo, justo enfrente de la taberna de los hermanos Simie, el 28 de junio de 1914, a las once y cuarto.(...)

Ver aquello que siempre se soñó con ver. Pero ¿qué hemos soñado con ver? ¿Las grandes Pirámides?¿El retrato de Melanchton, de Cranach? ¿La tumba de Marx?¿La de Freud? ¿Boukhara y Samarkanda?¿El sombrero que lleva puesto Katherine Hepburn en Sylvia Scarlet? (...)

O mejor, descubrir lo que no se había visto, lo que no se imaginaba. Pero cómo poner ejemplos: no es lo que se había venido enumerando a lo largo del tiempo dentro del abanico de sorpresas o maravillas de este mundo; no es ni lo grandioso ni lo impresionante; ni siquiera es lo extranjero forzosamente; al contrario, sería más bien lo familiar recobrado, el espacio fraternal...

¿Qué se puede conocer del mundo? Desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte, ¿cuánto espacio puede llegar a barrer nuestra mirada?¿Cuántos centímetros cuadrados del planeta Tierra habrán tocado nuestras suelas?

Recorrer el mundo, surcarlo en todos los sentidos, nunca será algo más que conocer unas cuantas áreas, unas cuantas fanegas: minúsculas incursiones en vestigios desencarnados, escalofríos de aventura, búsquedas improbables coaguladas en una bruma almibarada de la que nuestra memoria guardará sólo algunos detalles,  (...)

Y junto a todo ello, irreductible, inmediato y tangible, el sentimiento de la concreción del mundo: algo claro, más próximo a nosotros: el mundo, no ya como un recorrido que hay que volver a hacer sin parar, no como una carrera sin fin, un desafío que siempre hay que aceptar, no como el único pretexto de una acumulación desesperante, ni como ilusión de una conquista, sino como recuperación de un sentido, percepción de una escritura terrestre, de una geografía de la que habíamos olvidado que somos autores.

Fuente:Georges Perec, Especies de espacios;  traducción de Jesús Camarero, Montesinos, Barcelona, 1999.


4 comentarios:

Lisarda dijo...

Omisión imperdonable: el dibujo es de Quino.

Rayuela dijo...

perdonada la omisión.
qué bueno, ignacio!

"percepción de una escritura terrestre, de una geografía de la que habíamos olvidado que somos autores."
qué se puede conocer del mundo? las ciudades invisibles? podré?

abrazo*

Anónimo dijo...

Si tuviéramos en cuenta que nosotros también somos el mundo...y desplegáramos en él lo mejor que nos habita....
Quino y Perec imperdibles.
Cariños. Celia Clara.

Ana dijo...

Hola! Me encantó el texto. Recuperar un sentido, percibir lo olvidado. Viajar, recorrer y ser mundanos.
El dibujo de Quino, genial.

Un abrazo!