sábado, 8 de febrero de 2014

Pablo Farrés, Juan Gelman, el poeta estatal



Cuando uno se pregunta quiénes fueron nuestros “grandes poetas nacionales” o “Grandes Poetas Estatales –del Estado, por el Estado y hacia el Estado–”, no encuentra demasiados. Hace poco murieron Zelarrayán y Leónidas Lamborghini y no hubo un solo día de duelo. Ni Juan L. Ortiz, ni Viel Temperley, Perlongher o Joaquín Giannuzzi, fueron poetas estatales. No es fácil transformarse en poeta estatal, básicamente porque al poeta estatal no le importa la poesía. El único caso que se me ocurre es el de Lugones, aunque a Lugones sí le importaba la poesía. Y claro está, la muerte de Gelman es el corolario de un largo proceso que tuvo como fin el mismo artificio lugoniano. Los dos supieron armar la mitología del poeta guerrero. No importa el contenido ideológico, lo que importa es cómo el poeta estatal define un adentro y un afuera, un nosotros contra ellos, y de qué manera, en esa misma traza, determina los modos de exclusión del horror con respecto a la sana conciencia moral, dándose el lujo de una pureza cuasi mística –“mi dolor que es el dolor de todos…”.

Hay fascismo de toda clase, y el poeta estatal siempre es fascista. Hay un fascismo a la Lugones y hay un fascismo a la Gelman; pero lo que define al fascismo es el sueño imposible de la eliminación del mal realizando con ello su propia expiación. La estrategia de la poesía de Gelman fue la del llanto: hacer de su propio sufrimiento el paradigma del sufrimiento de todos, pero nunca jamás hablar de la construcción del espacio de poder desde donde habla. Gran estrategia, porque en primer lugar el llanto pone el acontecimiento del horror en un tiempo mítico que lo vuelve inoperante, en segundo lugar elimina la posibilidad de la confrontación con el otro reduciéndolo a la monstruosidad inhumana; pero, la magia del poema aparece en el tercer acto, porque en el mismo momento en que pone el horror del otro lado, borra la posibilidad de discutir de qué modo el poeta participó del horror. Es la magia de Gelman: hacer de la poesía una anécdota secundaria y marginal con respecto a su sufrida verdad guerrera, y sin embargo por ello mismo, cerrar poéticamente todas las puertas a la discusión acerca de cómo operó el horror.
Rara paradoja: su poesía se cancela a sí misma señalando un origen externo, como si el guerrero fuera el mito que le diera sentido, pero justamente es la misma noción de guerra lo que su poesía no deja discutir. Son las astucias de la verdad: ciertamente, Gelman estuvo ahí y supo de los vericuetos de la pérdida, pero el problema no es la verdad y menos aún la verdad personal de Gelman, sino qué es lo que se hizo con esa verdad. En todo caso, si su poesía no importa sino como mera expresión de lo político, el problema entonces es preguntarse por lo político. Pero ¿no quedó claro que el núcleo político del que emergió la poesía y el compromiso montonero de Gelman, era justamente el de la aniquilación de toda política? Entonces, por un lado su poesía se propuso como un modo de anular la poesía, señalando lo político como fuente de sentido; sin embargo cuando uno va a lo político no encuentra en ese origen mítico más que el sueño de aniquilación de lo político. En esa doble negación no queda más que la maniobra retórica que puso al dolor como amparo de lo que no se debía discutir. Ni poesía, ni política, sólo dolor. Los poetas de los 80 y los 90 lo supieron. Redefinieron el campo de la discursividad poética, y Gelman quedó a la deriva, hundido en las roscas de los premios literarios, hasta transformarse en un burócrata de la canción de la muerte.






El problema es que con la canción no se acaba la muerte. El horror es parte del juego de lo humano, y cuando se pretende la inocencia cínica de la auto-exoneración sólo queda la sobreactuación del poeta mártir. Ahí no hay contaminación ni mezcla posible: la verdad omitirá las astucias de su propia enunciación, la memoria se hará tautológica y la justicia nos condenará a la plegaria. Ese fue su mérito sacerdotal, el de reducir la poesía al mero decorado de lo político, ahí donde lo político no podía decirse sino en el modo del llanto. Por eso es nuestro poeta estatal, porque su poesía no importa, porque al mismo Gelman poco pareció importarle otra cosa más que ocupar el lugar de un sacerdote cultural. Pero lo que importa es seguir leyendo a Zelarrayán, a Perlongher o a cualquiera que no pretenda hablar hacia el Estado, por el Estado y en nombre del Estado.

Fuente: 2 feb. 2014   Perfil (Domingo)

Pablo Farrés (1974) narrador  y ensayista argentino. Es autor  de Literatura Argentina
(Pánico el Pánico, 2012)