viernes, 20 de mayo de 2011

José Cardoso Pires, De Profundis










"Cuando perdiste el sueño y la certeza,
te volviste desorden, te volviste nube."
Simónides de Ceo,
Epitafio para los
caídos en las Termópilas
Enero de 1995, jueves. En bata y con el cigarrillo apagado en los dedos, me disponía a desayunar en la mesa a la que ya estaba sentada mi mujer con Sylvie y António, que habían llegado la víspera a Portugal. Creo que di los buenos días y que, aunque sereno, traía una palidez de cera. Fue una mañana cenicienta que nunca jamás olvidaré: las personas hablaban no sé de qué y yo recorría la sala con la mirada: el suelo, las paredes, el enorme plátano por detrás del balcón. Me detuve en la taza de té y ahí me quedé. "Me siento mal, nunca me he sentido así", murmuré con fría tranquilidad.
Silencio brusco. Yo y la taza ante mis ojos. De repente me vuelvo hacia mi mujer: "¿tú cómo te llamas?"
Pausa. "¿Yo? Edite". Nueva pausa. "¿Y tú?"
"Parece ser Cardoso Pires", respondí entonces.
¿Y ahora, José?
[...]¡Te marchas, José!
José, ¿adónde?
Carlos Drummond de Andrade
Aún hoy sigo oyendo aquel "parece ser". Resulta espantoso cómo mi yo se transformó bruscamente allí en otro alguien, en otro personaje menos inmediato y menos concreto.
En esta introducción a la pérdida de la identidad que un trastorno cerebral acababa de desencadenar, lo que me parece, desde luego, implacable e irreversible es la precisión con la que en tan rápido lapso me vi desposeído de mis relaciones con el mundo y conmigo mismo. Como si acabara de iniciar un proceso de despersonalización (Él -o mi nombre- es) que, encima, se volvía más ajeno por la imprecisión de parece ser. Además, la circunstancia de haber respondido a Edite con el apellido y no con el nombre de pila, el más íntimo entre marido y mujer y el único que nos resultaba natural, es como otro indicio del distanciamiento provocado por el golpe del azar que me había privado de memoria y de pasado.
Él, el Otro. El Otro de mí. Al instante, Edite ya estaba hablando por teléfono con los médicos sobre ese alguien impersonal que yo estaba empezando a ser. Yo la oía desde el centro del vertíbulo con gran serenidad. Sabía -eso creo- que algo me ocurría, algo oculto, activo, pero en aquel momento ya empezaba a oír y a sentir sólo de paso, sin retener. (Aun así, tenía algún conocimiento de la ansiedad que me rodeaba: "Esto no va a ser nada", creo haber dicho a Sylvie, cuando la descubrí en el pasillo, atenta a las llamadas por teléfono de Edite.)
Recuerdo que aquella mañana fue invadida por un aguacero desalmado, se oía una lluvia gruesa y pesada allí fuera, pero debió de ser pasajera, porque, cuando acabó, Edite aún seguía al teléfono. A partir de entonces lo único que sé es que me puse a afeitarme delante del espejo del cuarto de baño con la pasividad de quien afeita a un ausente... y allí fue.
Sí, allí fue. En la medida en que es posible localizar una fracción más que secreta de la vida, fue en aquel lugar y en aquel instante cuando yo, cara a cara con mi imagen en el espejo, pero ya desligado de ella, me convertí en Otro sin nombre y sin memoria y, por siguiente, incapacitado para la menor relación pasado-presente, de imagen-objeto, del yo con otro alguien o de lo real con la visión que entraña lo abstracto. Él. El mismo al que la mujer (Edite, se llama, pero nada garantiza que ese hombre aún conozca su nombre, que no la considere un simple hecho, una presencia), exacto, ese mismo Él, al que Edite encontraría, poco después, peinándose con un cepillo de dientes antes de partir con urgencia para el Hospital de Santa Maria y el mismo al que una enfermera sorprendería días después en la misma operación delante del espejo en el lavabo de la habitación.
Días después ¿cuándo?
Sin memoria, se desvanece el presente, que simultáneamente es ya pasado muerto. Se pierde la vida anterior... y la interior, claro está, porque sin referencias del pasado, mueren los afectos y los lazos sentimentales, y la noción del tiempo, que relaciona las imágenes del pasado y que les da la luz, y el tono que las data y las vuelve significativas: eso también. Es verdad, también eso se pierde, porque la memoria, como aprendí por mí mismo, es indispensable para que se pueda no sólo medir el tiempo, sino también sentirlo. Así, al ver a mi Otro yo peinándose con un cepillo de dientes en una habitación de hospital (según me contaron más adelante), me pregunto cuántas veces le sucedió aquello y al instante veo a una enfermera aparecérsele por detrás y cambiarle el cepillo por el peine, sin un comentario, sin una palabra siquiera, pura y simplemente con la práctica de quien ejecuta una rutina, y a él obdecerla sin la menor resistencia:él, como cumpliendo el papel que le corresponde en dicha rutina. ¿Siempre ese juego?, me pregunto.
Tal vez. Es posible que la aceptación apática del error se debiera a su incapacidad mnemónica para relacionar... y, por tanto, para preguntar. Es posible. Para él, ahora o ayer era todo otrora, mundo ajeno, o como tal, y desinterés: el constante y desinteresado desinterés del hombre deshabitado de personas y lugares, de tiempo y de sentimientos.
¿Apatía, en ese caso? En esta fase del proceso admito que no se trata propiamente de apatía, serán los médicos quienes podrán decirlo. Que yo sepa, él al principio sabía que estaba enfermo. O tendría una mínima percepción de la imposibilidad de vincularse con los demás, la imposibilidad con la que convivía y aceptaba con naturalidad. Recuerdo incluso que, al observar algo que le llamaba la atención, lo dejaba de lado instintivamente, porque estaba convencido de que un segundo después iba a olvidarlo.
el de oír y percibir, mientras oía, pero desconectar rápidamente, era el plano en el que se movía. Oír y al instante desconectar. Desconectar. Y ver: ver también contaba. Ver a personas (figuras) a través de un cristal mudo y perderlas acto seguido: todo ello sin angustia, como quien llenara el tiempo con una serenidad terminal, como quien, en la desertización que lo invadía, fuera avanzando hacia la muerte cerebral en un escenario de contornos indiferentes.
En las Poesías de Drummond de Andrade, que tengo ahí, en la estantería, José caminaba, pero ¿hacia dónde José?