lunes, 11 de marzo de 2013

Jaime Concha, Palabras en la Universidad Alberto Hurtado

LEER A CONTRALUZ

Estas palabras responden a una doble motivación. Por un lado, se me ha pedido

que diga algo relacionado con la publicación, por parte de la editorial de esta
Universidad, de mi libro Leer a contraluz; por otro, que me dirija a estudiantes en el
momento en que empiezan un nuevo año académico. Aunque lo intentaré, no sé si me
va a ser posible conjugar ambos propósitos. Obviamente, en la medida en que lo
primero ha sido parte de mi vida profesional, se supone que alguna consciencia debo
tener de lo que he hecho a través de varias décadas; en cambio, lo segundo, sin la
comunicación bilateral y la reciprocidad del diálogo, determina una relación asimétrica
entre profesor y alumnos y –digámoslo ya– de viejo a jóvenes. (Aquí aprovecho de
recordar a mi buen amigo Alfredo Barría, profesor como yo y crítico de cine en el diario
El Sur, de Concepción, quien falleciera años atrás. Le irritaba sobremanera que se
hablara de “ la tercera edad” que, como todas las modas, incluso la de eufemismos
institucionales bien intencionados, llegaba a Chile hacia el fin de siglo. – !Qué es eso
de la “tercera edad”!, - solía decir; y no era una pregunta, sino una fuerte exclamación.
Cuando entraba al cine, y ante el asombro del boletero o de la boletera, pedía una
entrada de viejo. Siempre he pensado –tal vez sea un error de juicio– que había algo
particularmente hispánico en él, de llamar al pan pan y al vino vino; cosa que contrasta
con nuestra inhibición nacional, nuestras múltiples tretas psicológicas para no llamar
nunca a las cosas por su nombre. Yo, para mejorar el ambiente y embromarlo un poco,
le decía que en el fondo la vejez era solo una especie de transjuventud. Me respondía
con un ex abrupto que no puedo reproducir aquí. En todo caso, su actitud me pareció
siempre una sana reacción en nuestro medio).

Por el tiempo en que me ha tocado vivir, soy alguien (evito términos como sujeto,
individuo, persona u hombre, que me parecen en exceso connotados, cuando no
altisonantes) de la segunda mitad del siglo veinte (1). Quiero decir que mi educación,
mi comprensión del mundo y de la historia, lo que constituyó y constituye mi “presente”
o mi actualidad, pertenecen a ese horizonte y a esa época. Filius temporis, me parece,
más que del lugar. Claro, jamás pude prever que me iba a tocar también, de refilón, ser
posmoderno, pero, bueno, nadie es perfecto, no? …
En una oportunidad, se suscitó en San Diego, a altas horas de la noche (como no
habría dejado de decir “nuestro” poeta Parra), una discusión entre estudiantes
graduados y colegas acerca de por qué nos habíamos dedicado a enseñar literatura.
Las respuestas no fueron muy claras, debido tal vez a las circunstancias, y, a lo que
recuerdo, tampoco muy interesantes. Me acuerdo, sí, de la mía, que pecaba de llaneza
entre tanta respuesta sofisticada y en gran parte ideologizada: “porque siempre me ha
gustado leer”, creo que dije. No estoy muy convencido de que eso resuelva el problema
de un destino laboral o de una actividad de por vida, pero sí siempre he sentido una
real continuidad entre el interés por la lectura y mi gusto por estudiar y comentar textos
literarios. Leer es una actividad de ojos y de manos (supongo que también interviene el
cerebro) en que la substancia irreal del libro lo irrealiza a uno como lector, para
devolverlo en mejores condiciones a la comprensión de la realidad, la que tiene que ver
con las cosas y los seres humanos. De hecho, según saben los oftalmólogos y los
especialistas del cerebro, el ojo es cerebro, es simplemente cerebro a la luz del día,
algo así como el balcón en que este se aventura fuera de su casco craneal y la ventana
con que se asoma al mundo. Cuando uno lleva anteojos, por lo demás, el símil resulta
literal. A veces me tendía largamente en el salón de mi casa (living se dice ahora,
como si todas las demás piezas de la casa fueran dying rooms), para sumirme en las
novelas de Blest Gana, reeditadas en esos días por Zig-Zag: Martín Rivas, Durante la
Reconquista, El Loco Estero, etc. La que más me encantó y me sigue pareciendo
inolvidable (la releo a menudo) es El Ideal de un Calavera. ¿Por qué? No lo sé en
absoluto. Tal vez mi debilidad por esa obra derive de la muerte y ejecución de Portales
que allí conocí por primera vez, y que dejaba una mancha sangrienta en el origen de
nuestro destino histórico como país. Después sabría que esta era apenas una más
entre las muchas “ lindezas” de nuestra historia más temprana; había sido precedida
por el fusilamiento de los Carrera, el asesinato de Manuel Rodríguez, y paro de contar.

La nación nacía fracturada, envuelta en los pañales de la traición. De Mendoza a Til Til,
de Til Til a Quillota y El Barón, la patria se fundaba, no en padres de la patria, sino en
tres parricidios mayores. Esto, en uno de los países más tranquilos y pacíficos del
continente. “Old things cast long shadows, Madam”, dice Hércules Poirot a una de sus
interlocutoras, hablando de la estela sombría que dejan los crímenes familiares o
políticos (2). En relación con la novela de la Independencia, me acuerdo igualmente de
que la edición Zig-Zag me jugó una mala pasada en esa ocasión, porque faltaban en
ella uno o dos cuadernillos. Quedé sin enterarme de lo que ahí ocurría hasta mucho
después. El hecho de imaginar, o tratar de reconstruir lo que podría llenar ese vacío,
me acercaba a la experiencia de la obra como un todo, como un flujo articulado y
plasmado de peripecias ficticias. En relación con esto –y esto entronca ya con un
primer contacto con la forma artística– recuerdo vívidamente, mucho más tarde, estar
en una litera del Hogar Universitario de la Universidad de Concepción, leyendo Crimen
y castigo. Abajo había un estudiante alemán, más maduro, becado por su Universidad
de Karlsruhe para estudiar Anatomía Patológica con una de las lumbreras que
enseñaban esa especialidad en la Escuela de Medicina. Se quejaba de que yo no
apagaba la luz a tiempo y me quedaba leyendo hasta muy tarde. Yo, en principio, había
tratado de acatar la admonición, en beneficio de una buena vecindad y de la
coexistencia pacífica internacional. Pero esa vez Dostoiesvki me ganó. Estaba tan
absorto, que de pronto descubrí que lo que me interesaba no era solo la corriente de la
acción, sino a la vez el modo, el orden, la forma en que la presentaba el autor. Hoy
diríamos su composición. Experiencia del mundo vivido y experiencia de la forma
artística resultaban ser una y la misma cosa. Este “hallazgo” de 1957 no fue una
iluminación mística ni una experiencia religiosa, !qué va!, pero me sirvió muchísimo
para mi trabajo profesional posterior. La experiencia artística no es solo experiencia
cultural, se lo ha dicho mil veces; su apreciación es parte del gusto adquirido y no del
natural, como planteó Montesquieu en su precioso tratadito, donde lo deriva –muy a la
manera del siglo xviii– de prejuicios e instituciones (3). Es al mismo tiempo, y sobre
todo, experiencia de forma, sin la cual resulta imposible decir una mínima cosa con
sentido en torno a la obra literaria. De ahí la necesidad de parámetros o de marcos
teóricos para su comprensión.

El desarrollo biográfico y psicológico de “alguien” se da siempre en un contexto.
Estas circunstancias de que hablaba Ortega (un filósofo que es mucho más que su
falsa imagen de torero intelectual con que a menudo se lo descarta o se lo condena)
son muchas, desde luego. Me voy a referir ahora solo a dos: el barrio y el colegio.
Yo no sé cúanto queda hoy, o cuánto ha desaparecido, del marco material y
colectivo del barrio. Excluyo los barrios elegantes, que son la antítesis de lo que tengo
en mente y de lo que fue mi ambiente en la niñez. El mío fue un espacio periférico de
una ciudad provincial y provinciana, mojada por las aguas de todas las nubes del
mundo, que daban a esos cielos del sur un dramatismo impresionante. Estaba situado
entre un brazo secundario del río Valdivia, frente al Islote de una fábrica de cerveza, y
lo que se solía llamar la “Vega”, tal vez porque era un llano que se inundaba con
frecuencia y que comunicaba con los cerros de Huachocopihue. Valdivia,
Huachocopihue: toda nuestra historia está ya en esa onomástica, de coexistencia tensa
entre el nombre del fundador y la lengua de los vencidos. El barrio mismo, sin embargo,
tenía una onomástica gloriosa, triunfalista, de victoria patrótica: Miraflores, Chorrillos,
más tarde se crearía la población Arica; a ellos confluía la calle del General Lagos,
sinuosa ballesta que seguía el curso ondulante del río, su lenta alga verde. En ese
barrio uno podía darse todos los días un baño fresco de realidad. Mis amigos de
infancia fueron el Huaso Pineda, que pasaba casi siempre encarcelado, según él decía,
“por las fallas y el trato injusto de la Justicia” (me consta que no conocía el Sermón de
la Montaña ni tampoco, mucho menos, el Lazarillo); el Talo Moll, a quien vi una vez en
un entrevero, como un gaucho de los mejores, cortapluma en ristre, la chaqueta
enrollada en su antebrazo izquierdo; el Panino, ángel blanco con su delantal de saco
harinero, trabajador en el almacén de la esquina, cargando y descargando bultos desde
las primeras horas del día hasta que el sol se apagaba; el Flaco Vidrio, alemán pobre
emigrado en entreguerras al que llamábamos así por su apellido Wiederhold,
impronunciable para nosotros… Ahí están, los veo como si fuera ayer, fantasmas que
recorren y recurren en mi mente. Los focos y los temas de sociabilidad eran el fútbol,
por supuesto; el ir a nadar al río, con su virtual mitología: la “manta”, por ejemplo,
animal fantástico que de pronto arrastraba a sus víctimas de un modo misterioso y que,
ignominiosamente, noto que falta en los bestiarios compilados por Maese Borges; la
Compañía de Bomberos, en la cual casi todos mis compañeros actuaban como
voluntarios. Yo era la bochornosa excepción. Mi apologia pro vita mea en este punto
sería que no era por miedo al fuego, sino más bien por culpa del agua.

Del otro contexto, el del colegio, parece más normal hablar en esta oportunidad. Por
razones que nunca he querido indagar, mis parientes me matricularon en un colegio
particular, religioso, el Instituto Salesiano. Shame on me! Ustedes conocen la
pedagogía salesiana, que en último término deriva de la gran contribución educativa
hecha por los jesuitas, pero que a ella unía la espiritualidad de Francisco de Sales y la
experiencia laboral de Don Bosco en el norte de Italia, en el Turín de la industrialización posterior a la Independencia (4). El fin de semana era el tiempo del Oratorio Festivo, donde se atendía a niños pobres de la zona, pero donde se exhibía también un cine tan
variado como el de Tarzán y de Parsifal –esta, un rollo wagneriano que no terminaba
nunca, pero que al parecer se considera una pieza importante dentro del repertorio
expresionista alemán. Durante la semana, tenían lugar las clases para los alumnos de
la clase media o de la clase media baja, como yo, o de algunos hijos de agricultores de
la región, casi todos de origen extranjero y de una situación económica mediana, hasta
donde puedo juzgar hoy. Compañeros provenientes de la burguesía tuve muy pocos,
tres o cuatro pertenecientes a familias profesionales de farmacéuticos, médicos o
dentistas. Para mí eso tuvo la enorme ventaja de que me prestaban libros que sus
padres compraban minuciosamente y que (creo) minuciosamente dejaban de leer. Así
llegaron a mis manos, en el precioso papel biblia de las ediciones Aguilar, las Obras
completas de Wilde, los dos volúmenes de Maupassant, los tres de Blasco Ibáñez, de
entre los que recuerdo (5). Los profesores eran en su abrumadora mayoría
extranjeros, europeos para ser exacto. Tiempo después supe que existía una pugna
larvada entre nacionales e italianos, ya que estos ocupaban –de hecho
monopolizaban– los cargos principales de dirección. Ya se lo ve: las guerras de
emancipación, entre nosotros, tienen siempre la misma motivación. Supongo que la
Orden conquistó su independencia porque hemos visto, en los tiempos más difíciles del
país, a un salesiano de excepción ocupar el más alto cargo en la Iglesia Católica. Me
refiero, por supuesto, al cardenal Raúl Silva Henríquez, héroe sin duda en los tiempos
de dictadura. Cuando yo estudiaba, había de todo: un cura turinés, que nos enseñaba
un francés de maravilla. El librito de iniciación en la lengua incluía “L’hippopotame
impoli” (“El hipopótamo mal educado”), porque bostezaba ampliamente en el zoológico,
sin cubrirse las fauces, como rezaban las buenas reglas de urbanidad; “Un savant
distrait” (“Un sabio distraído”), en que el matemático y físico Ampère corría tras una
carroza en movimiento, resolviendo ecuaciones; y mi favorito, por cierto, era “Une
branche de lilas” (“Un ramo de lilas”), cuento sentimental como los que encontraría y
analizaría más tarde en D’Halmar. Había un capellán fascista que había servido en las
tropas de Mussolini y que nos contaba, con lágrimas en los ojos, la muerte del dictador
y de su amante, Claretta Petacci. Según él, su día más feliz fue cuando escuchó por
la radio la noticia de que “La Germania a attaccato la Russia”. Debo reconocer, en aras
de la ecuanimidad, que era un muy buen tipo, que me enseñó a fondo y al dedillo la
historia romana y, entre otros libros, me hizo leer por primera vez, en italiano, Le mie
prigioni, de Silvio Pellico, un libro al que le tengo gran simpatía y que admiro por su
ferviente patriotismo romántico antiaustríaco; pero, claro, no me habría gustado
toparme con él (con el capellán ese) en Roma o en otro lugar de la Bota… No cruzaba
palabra con un cura francés; entre ellos parecía existir honda animadversión. El francés
sufría de constantes y agudas jaquecas. “ Krieg-gefangene, chico”, decía el fascista,
aludiendo a su condición de prisionero de guerra. Había pasado en el stalag tres años.

De todos ellos, sin embargo, al que que más le debo es al padre Juan Bautista Olave,
que venía de Punta Arenas y era un abierto peronista. Tenía la costumbre de
insultarnos cordialmente; era su forma amistosa de comunicarse con nosotros y
estimularnos a estudiar. Cuando murió Eva Perón, leyó en público, en una velada
teatral del colegio, un soneto a su memoria que acababa de escribir; lo recorté del
diario local y por algún tiempo lo conservé. Lo recuerdo en parte: “Hoy la Parca feroz
con ruda mano / segó una vida en flor de gracias plena;/ mas nos conforta que cayó en
la arena / con fe en su Dios y con valor romano. /El duro golpe que al país hermano /
hirió sin compasión, nos enajena…”, etc. Pocos días después, en una composición
requerida en clase y un poco en plan adulatorio, escribí que me había gustado mucho
“el discurso del profesor”. –No es discurso, idiota; es un soneto– me espetó coram
populo. Aprendí dos cosas útiles: que no hay que ponerse en plan de “chupamedias” y
que era importante distinguir rigurosamente los géneros literarios. No era una mala
lección, al fin de cuentas.

Entre los dos contextos mencionados había a todas luces un nexo de exclusión. El
colegio me deportaba del barrio, en este yo era un exilado de aquel. Cuando por las
mañanas me desplazaba de un espacio al otro tenía que cruzar una frontera social,
material, arquitectónica, cultural, hasta lingüística. No se hablaba igual ahí que allá. En
uno la jerga común era popular, a veces con viejas palabras de ancestro campesino; en
el otro, era la jerga estudiantil, con un cuasi-voseo que no era el mismo que se
practicaba en el barrio. Incluso los pocos términos de mapudungún que circulaban
tenían en cada uno una función distinta. En el barrio decíamos hualle, cherpén: eran
voces de uso concreto, que designaban cosas. En el otro se trataba más bien de un
tesoro de palabras preciosas y lejanas. “Ñalai cullín”, me dijo un día un compañero de
curso que vivía cerca de una comunidad. “ Ñalai cullín: nada de plata”: lo guardé como
moneda preciosa, yo que justamente carecía casi siempre de dinero. Eran palabras
para atesorar en la memoria.

Esta tensión constante, en la que acechaba la escisión (no se cruza impunemente,
por diez o doce años, entre mundos antitéticos) era también dehiscencia, apertura al
mundo, maduración quizás. A la postre, el contraste ayudaba a abrir los ojos, a mirar
mejor las estructuras del pacto social entre chilenos. Por un lado, los que poseían, si
no todo, por lo menos lo suficiente, a veces con afluencia; en el otro, los que subvivían
y se sacaban el lomo trabajando para ganar un mal pan. En suma, en una parte los que
podían vivir de verdad, mientras en el otro se negaba de plano y desde la partida toda
posibilidad de vida real, digna, a la medida del ser humano. A unos la dicha; para
otros, el pan cotidiano de la angustia. Vistos a la distancia y con perspectiva crítica, los
compañeros de barrio mencionados, sin perder su singularidad de carne y hueso,
resultaban emblemáticos de las regiones del sistema social, convirtiéndose en figuras
de su constitución. En el orden en que los nombré serían el Derecho y su doble
negación de delincuencia e injusticia, siempre dos caras de lo mismo; el gesto de
violencia y de agresión, en defensa de sí mismo; el trabajo, la explotación y el nivel de
lo económico; finalmente, la condición de meteco y de extranjero del inmigrante
obligado a dejar su tierra. Nadie expresó mejor esto último que el gran periodista
polaco, Ryszard Kapuscinski: “No se puede vivir en una atmósfera de marginalización,
desprecio, sentido de inferioridad, pues se tiene la necesidad de identidad, de
identificación, que, a su vez, es difícil en un mundo que fuerza a la migración como
consecuencia de la desigualdad” (6). Mi paraíso era entonces artificial, como todos los
paraísos. En “mi” paraíso, por lo tanto, estaba el infierno de los condenados a prisión, a
sobrevivir apenas, a un trabajo desgastante y embrutecedor de por vida, o al
desarraigo y al exilio. Para usar una terminología que hoy se emplea más y más, la
experiencia de ellos era una experiencia en la carne (7); la mía era simplemente una
experiencia personal que me situaba en el limbo. Sin perder su identidad, en sus
destinos concretos estaban allí los personajes de Lillo, de Manuel Rojas y de Droguett.
En la Universidad de Concepción, a la que llegué en 1956, enseñaba una trinidad
magnífica: Gonzalo Rojas, que impartía Composición y Teoría Literaria; Alfredo
Lefebvre, hispanista perspicaz, excelente intérprete de poesía; y Juan Loveluck, que
era la joven eminencia en ascenso y que trataba a sus alumnos con la más amistosa
generosidad. El cuarto y quinto vértices de esta trinidad (sabemos que la aritmética de
la Trinidad no es nunca simple) lo constituían don René Cánovas, profesor de
Gramática, y Gastón von dem Bussche, quien fuera uno de los primeros en inaugurar el
estudio moderno de la poesía mistraliana y que, en conferencias libres, nos dio una
estupenda introducción al teatro norteamericano: el de O’Neill, de Miller, de Anderson y el naciente de Albee. En el grupo de amigos y compañeros de Universidad, ya
mencioné a uno; tendría que agregar a Juan Gabriel Araya, a quien dediqué Leer a
contraluz, y que hoy sigue enseñando en Chillán, donde reina como un pachá; el poeta
Ramón Riquleme, hoy en Quinchamalí; y Jaime Giordano, a quien ustedes conocen
posiblemente a través de su poesía y, con seguridad, por sus sobresalientes
contribuciones críticas. Personalmente, un poco desengañado cierto tiempo de los
estudios literarios, seguí cursos sistemáticos de filosofía, en los que tuve la suerte de
tener como profesores a don Enzo Mella, en Antigua y Medieval, y a Roberto Torretti y
Carla Cordua, en filosofía moderna y contemporánea, respectivamente. Sus lecciones
sobre Descartes, Kant, Dilthey, Nietzsche me han sido fundamentales en mi reflexión y
en mi carrera académica. En realidad, “alguien” es nadie (esto es parte de su raíz), si
es que no llega a ser hechura de los profes, como ustedes dicen, y más que nada de
sus propios compañeros. Yo tuve suerte en uno y otro caso.

La década de los sesenta nos cogió a todos en un torbellino colectivo, histórico y
político a la vez. Empecé mi carrera universitaria en ese paisaje turbulento y caótico.
En la Universidad Austral, en Valdivia, donde inicié mi trabajo académico, tuve que
enseñar, además de literatura chilena colonial y literatura hispanoamericana,
Introducción a la Filosofía y Filosofía de la Educación. Yo, nada menos, que odiaba
todo lo relacionado con cuestiones de pedagogía. El decano, Eleazar Huerta, exilado
socialista español y practicante de la Estilística en nuestro país, supo que yo había
estudiado filosofía: no pude negarme a su petición. A pesar de las clases de Torretti y
de otros, el pánico que me sobrecogió ante tal eventualidad fue levemente siniestro.
Pero ahí aprendí que el pánico es un gran pedagogo. En historia de la educación, me
fui a la cochiguagua, porque elegí obras que conocía relativamente bien: la República y
el Emilio, que incluye esa joya que es la “ Confesión de un vicario saboyano”. Di clases
sobre el segundo libro de la Física aristotélica, lo cual, juzgo ahora, era una perfecta
irresponsabilidad de mi parte, y me metí a fondo en las Meditaciones metafísicas
cartesianas. Nunca pude resolver lo del “genio maligno”. Esa figura cartesiana, que
extrema y exacerba la duda de los sentidos haciéndola metafísica, siempre me
obsesionó. Me daba cuenta de que era algo muy especial inventado por Descartes,
muy diferente a un dáimon antiguo o a los demonios cristianos, que en general son
gente bien católica, ya que tienen que proteger la ortodoxia que los alberga. El “genio
maligno” era muy distinto, una criatura intelectual única, que llegaba a equipararse al
Dios de veracidad postulado después en el “orden de las razones” del mismo autor.
Hace poco, leyendo una notable monografía de Lefort, di con lo que probablemente
está cerca de la verdad. Según este discípulo de Merleau-Ponty, el “genio maligno”
provendría de la temprana recepción del maquiavelismo y sería un eco del
pensamiento del secretario del cancillería florentina. Puede que la idea de Lefort no
genere convicción ni unanimidad; a mí me parece estupenda esta incrustación
maquiavélica en el fundador de nuestra modernidad filosófica (8). Poco después,
cuando llegó a hacerse cargo de la Rectoría de la Universidad, colaboré con Félix
Martínez en un curso de Introducción a la filosofía. Él explicaba La rebelión de las
masas por un semestre; a lo largo del siguiente, yo comentaba los Manuscritos
económico-filosóficos. Creo que fue una de las primeras veces que Marx entraba en la
Universidad. Eran clases horribles, que había que dar por micrófono, pues se trataba
de alrededor de 100 y más alumnos. Este Marx microfónico por supuesto no fue muy
del gusto de los agricultores de la zona y de los estudiantes de Agronomía y de
Ingeniería Forestal que debían tomar el curso como requisito obligatorio. Las protestas
se dejaron oír y llegaron hasta el diario local. Este clima que entonces me pareció una
simple e inocente discrepancia ideológica, se haría diez años después, con el golpe
militar, saña y furia contra varios de los profesores de esa Universidad. Hay aquí más
de un testigo directo de la cacería de brujas desatada en 1973; debido a ella, pasó
varias semanas encarcelado Guillermo Araya, uno de los lingüistas destacados que ha
producido el país.

Una de las cosas enriquecedoras que me deparó el período de la Unidad Popular
fue mi trabajo en Quimantú, la Editorial del Estado que publicó libros en gran escala, a
precios muy razonables. Junto a Floridor Pérez, a Luis Iñigo Madrigal, y a Luis
Domínguez y Alfonso Calderón (estos dos últimos, que en paz descansen),
colaboramos en la edición de muchos volúmenes de literatura chilena y extranjera. Hijo
de ladrón, por ejemplo, apareció en “Quimantú para todos”, alcanzando una cifra record
de 100 mil ó 150 mil ejemplares, ya no recuerdo. ¡Quién lo hubiera dicho! En
discusiones previas, pensábamos que era un libro difícil de roer debido a sus
características técnicas. Nos equivocábamos de plano. La respuesta del público fue
extensa y sostenida. La sección estaba a cargo de Joaquín Gutiérrez, costarricense
avecindado en Chile, que con paciencia infinita y un savoir faire no menor trataba de
navegar en las procelosas aguas y escollos que le tendía nuestro inveterado
divisionismo nacional. Vi de cerca en esas actividades, en el local de Bellavista, al
periodista Guillerno Gálvez y al editor Carmelo Soria, ambos asesinados por la
dictadura… –¡perdón!, por el régimen militar– en 1976. Se los consigna en el Informe
Rettig.

Curiosamente, mis primeros trabajos universitarios no tuvieron que ver con la
narrativa nacional. Estaban dedicados a la poesía, que me interesaba más en ese
tiempo, y a algunos narradores rioplatenses: el argentino Eduardo Mallea, cuyo
prestigio internacional por esos años puede comprobarse, por ejemplo, gracias al
epígrafe de El cielo protector, la novela de Paul Bowles (1949), y el uruguayo Juan
Carlos Onetti, cuya obra me habría de ocupar continuamente (9). Fue hacia fines de los
sesenta, a mi vuelta de Europa, cuando empecé a trabajar en serio sobre la novela y el
cuento chilenos. No era algo nuevo: Latcham en vena positivista, Cedomil Goic con
orientación fenomenológica y orteguiana ya habían empezado a desbrozar el terreno. Y
no habría que olvidar los espléndios artículos críticos que Yerko Moretic publicaba
regularmente en el diario El Siglo. Hoy mismo continúan esa tradición Leonidas
Morales y Grínor Rojo, entre no pocos otros. La crítica literaria chilena no es cosa
individual, sino tarea de grupo, colectiva, aun cuando no haya a veces intercambio
mutuo. Su común denominador es la pasión por el trabajo intelectual. A mí, los
escritores chilenos me eran bastantes familares, porque desde el colegio había tragado
lo mejor y lo peor de lo publicado desde comienzos de siglo (la narrativa del siglo xix,
salvo los mayores, la sigo ignorando). Una literatura se hace así, con lo bueno y con lo
malo, con cimas y con simas, que la crítica y la historiografía irán deslindando
gradualmente. Todo es parte de un mismo paisaje, porque la narrativa no es solo
literatura en función estética (esta es una de sus vertientes, que puede uno preferir o
no), sino que se construye igualmente con textos documentales, testimonios, memorias
y crónicas costumbristas, periodismo crítico y de un cuanto hay. En la medida en que la
vida colectiva suscita estas manifestaciones culturales, hay que tomarlas en cuenta
para dar un cuadro íntegro (hasta donde ello sea posible) de la actividad intelectual y
creadora del país.

Al releer estos artículos con vistas a su publicación, me di cuenta de que, en los
primeros sobre todo, mi deuda con Lukács es grande. No creo que hoy se lea mucho a
este pensador. Sigo creyendo que es autor de la mayor Estética de orientación
marxista existente, pues me parece superior a la de Adorno, en extremo obsesiva a mi
ver (10). Las limitaciones, incluso defectos, de los escritos de Lukács son obvios, y no
han dejado de ser señalados por moros y cristianos. Los más relevantes serían el
carácter normativo de su pensamiento estético y la negación sistemática del aporte de
las vanguardias. Aun en esto, creo yo, su reflexión consistente y sistemática es útil. Sin
jugar demasiado con cosas que son serias, yo diría que es un caso al revés de lo
postulado por Lenin cuando definía los defectos como prolongación de nuestras
mejores cualidades. En Lukács, por el contrario, sus virtudes parecen emanar de esos
mismos defectos reconocidos. Sus dos grandes obras, La novela histórica (1955) y El
joven Hegel (1948) pudieran corroborarlo.
Los otros trabajos tienen menos coherencia teórica y algunos resultan realmente
heteróclitos. El de Droguett resulta demasiado motivado por la situación post- golpe; el
de Bolaño es simplemente post.

La crítica literaria es un arte menor: se lo ha dicho tantas veces hasta el punto de
convertirse en un lugar común. Menor, a menudo lo es; y raramente llega a ser un arte
propiamente tal, salvo tal vez en su vertiente esteticista y en el período de la belle
époque. En todo caso, lo que siempre he buscado en mis trabajos es que sea por lo
menos crítica, esto es, que cumpla con el memorable lema, casi eslogan, de Sartre
según el cual “la función de la crítica es criticar”. Este imperativo crítico se justifica en
substancia – objetivamente– en cuanto todo texto literario, en especial cuando es
significativo, define un campo de tensiones entre expectativas y descontento, entre el
camino hacia lo mejor y un statu quo signado por lo pésimo. La literatura abre un
horizonte de realización humana que toca al crítico percibir, aquilatar e interpretar. En
discordancia con Vargas Llosa, para quien se trata de un juego de mentiras y verdad,
la ficción es un díálogo, a veces una lucha cuerpo a cuerpo, entre lo real y lo
inalcanzable, entre los límites de lo impuesto (la vida individual, ideas de grupo,
momento histórico, posición social, etc.) y la parábola de su trascendencia temporal.
“El puñado de oscuridad” que recoge un escritor abre resquicios de luz, se abre
contra un fondo de luz: de ahí la necesidad y la operación de leer a contraluz… (11).
Al concluir estas palabras, tomo consciencia de que he cometido dos pecados
graves en el orden de las letras y del rito académico: mezclar los géneros y caer en lo
anecdótico. El primero, “mélanger les genres”, era una falta imperdonable para los
clásicos. El Padre Olave debe estar revolcándose en su tumba. El otro fue parte de
nuestra hubris universitaria de antaño, en que el peor estigma de una exposición
consistía en calificarla de “algo anecdótica” o de “demasiado anecdótica”. Bueno,
confieso que estas faltas han sido deliberadas, con el fin de no dogmatizar, no
pontificar ni mucho menos arielizar. Calibán reina hoy en gloria y majestad y todo lo
que toca lo convierte en áurea basura. Es nuestro Mesías y el Midas sempiterno de la
crisis. Viviendo fuera del país, tengo poco que decir sobre el movimiento que ustedes
han iniciado, salvo admirar que hayan puesto el dedo en la llaga, en la triple llaga de
nuestra vida nacional, la de la educación, la política y la economía. La gratuidad de la enseñanza, una de las pocas reales adquisiciones de la tradición republicana, ha desaparecido ante riquezas que se esfuman en favor de un grupúsculo de todopoderosos y ante el obstáculo de un sistema electoral que impide toda posible o real oposición al úkase neoliberal. Un país que se gobierna por una constitución dictatorial trasviste la democracia y la convierte en simple continuación de la dictadura por otros medios. Supongo que el camino que ustedes han emprendido no es fácil y  está lleno de dificultades externas e internas al movimiento, pero está en su mano resolverlas. El llamado que los dirigentes han hecho al entendimiento intergeneracional es justo y va en la recta dirección. El movimiento que ustedes conducen va más allá del grupo particular de estudiantes o de franjas determinadas de edad; afecta y tiene que ver con grandes mayorías de la sociedad civil, de ahora y de mañana. Es parte, estoy convencido, de un proyecto de justicia intergeneracional. De jóvenes y de viejos, digamos…

Pero corto aquí, porque ya veo que empiezo a agarrar vuelo.

¡Muchas gracias!

***
Nota de Lisarda- Discurso pronunciado por el crítico Jaime Concha en la Universidad Alberto Hurtado al momento de presentar su libro de ensayos Leer a contraluz. Estudios sobre narrativa chilena.
Fuente: http://www.letrasenlinea.cl