domingo, 16 de diciembre de 2012

Selva Almada, Conocí el mundo en una pensión de bajo fondo

selva almada




Siempre que estoy en una fiesta y ponen música de los 80 me agarra dolor de estómago. Por lo menos, durante la primera canción me agarra. Me devuelve a la adolescencia, eselarguísimo retorcijón en las tripas .
Nací y me crié y viví hasta los 17 años en Villa Elisa, al sur de Entre Ríos, un típico pueblo del interior, de ascendencia en su mayoría suiza. Limpio, ordenado, florido, católico, radical.
La adolescencia fue la época más infeliz de mi vida . No quería nada de eso que los “años dorados” ofrecen. Mientras mis amigas aprendían a maquillarse, cambiaban escandalosamente rápido el talle de corpiño, empezaban a usar tacos, se depilaban, iban al boliche, daban los primeros besos, perdían la virginidad , eran seducidas y abandonadas, lloraban un rato y volvían a enamorarse de otro, yo, en lo único que pensaba, era en marcharme . Aun cuando me obligara a participar tibiamente de eso que se llama adolescencia y me pusiera un vestido con hombreras enormes para ir a un cumpleaños de quince o me levantara el pelo en un jopo descomunal , aun cuando me juntara con otras chicas a ver películas en video, o fuera al viaje de egresados no porque quisiera ir sino porque “había que ir”, yo siempre estaba pensado en marcharme.
Si de vez en cuando me prendía en el trencito de la pubertad era solamente para no despertar sospechas, para pasar desapercibida y seguir preparándome, sola y en silencio, para tomarme el buque . Me sentía desencajada.
Era antipática, contestadora y buena estudiante. Todo lo contario a mi hermano, que había sido el chico más popular del Colegio Nacional por aquellos años: encantador, carismático y el mejor compañero . Y los profesores no se ahorraban la molestia de hacérmelo saber: no entiendo cómo Pedro y vos son hermanos . Siempre que escuchaba esa frase, me daba mucha bronca al tiempo que me envalentonaba: claro, era eso, si no quería ser la hermana de, la novia de o la hija de, tenía que marcharme.
Perderme en una ciudad más grande donde yo fuera sólo mi nombre.
Cuando pienso en esa época que va desde la primera menstruación hasta la fiesta de egresados, siempre me siento extraña, como si todo eso le hubiese pasado a otra que no soy yo, que no fui yo y que, al mismo tiempo, sí fui yo y me da un poco de pena y un poco de cariño esa chica que no quería nada de lo que el pueblo podía ofrecerle , que tenía pánico de que le pasara lo que a muchas chicas de clase media como ella: embarazarse antes de tiempo, casarse, construir la casa, comprar el auto en un Plan Rombo. No quería eso para mí: ni marido, ni hijos, ni una vida más o menos estable.
Pero tenía un plan. A los 9 años había decidido ser periodista y esa convicción fue la única cosa que me acompañó todos esos años. Iba a ser periodista, me repetía todo el tiempo: la facultad sería el salvoconducto para sacarme del pueblo.
Terminé quinto año en diciembre de 1990. Me inscribí en Comunicación Social, en Paraná. Aunque Paraná dista unos 230 kilómetros de mi pueblo, una distancia relativamente corta, Villa Elisa está más cerca de la costa del Uruguay. Moverse de costa a costa, atravesar la provincia, era una distancia que a mí me parecía enorme.
En febrero empezaron las clases y nos fuimos con una compañera de colegio, viviríamos las dos juntas. Luego del paso fugaz por una pensión donde fuimos estafadas , empezamos a buscar otra. No era sencillo porque, a esa altura, ya estaba todo ocupado. Anduvimos de una pensión a otra, hasta que dimos con lo de Estela: una casa chorizo, con un patio lleno de plantas , donde conseguimos una piecita precaria, una ampliación casera del resto, sólo para nosotras.
Mi compañera estudiaba agronomía y pasaba casi todo el día fuera. Yo, en cambio, sólo cursaba a la mañana y, como no conocía a nadie, estaba todo el tiempo en la pensión. Como me cuesta bastante armar relaciones ( soy una tímida consuetudinaria ) me entretenía observando el ritmo de la casa.
Aunque nos la habían recomendado como pensión de estudiantes, enseguida advertí que, aparte de nosotras, sólo otros cuatro chicos, que paraban en una pieza casi enfrentada a la nuestra, iban a la facultad. En otra de las habitaciones vivían unos cuantos muchachos que entraban y salían en horarios diversos , pero sin libros ni apuntes. En los fondos había una pieza muy grande (había visto, un día que fui a colgar ropa y la puerta estaba abierta, que tenía un montón de camas-cucheta), reservada a inquilinas ocasionales, mujeres del interior que estaban cuidando algún familiar en el hospital; y dos inquilinas fijas, Hilda y Andrea, dos chicas jovencitas que dormían todo el día y salían toda la noche . En otra piecita, un matrimonio de gitanos.
Estela, la dueña, también vivía en la casa. Tendría unos 70 años y caminaba apoyada en un bastón. Peleaba constantemente con Beto, su mucamo . También Hilda y Andrea se peleaban dos por tres y nos despertábamos aterrorizadas en mitad de la noche. Y también el matrimonio de gitanos. Tampoco era raro cruzarse con un policía en el hall.
Al principio, pensamos en volver a mudarnos: mi compañera y yo éramos dos pueblerinas que nunca habían estado lejos de su casa y no estábamos acostumbradas a que la gente se insultara, se gritara y hasta volaran cosas contra las paredes. Por lo menos no así, a la vista de todos: en un pueblo conservador y pacato como el nuestro, eso se hacía con las puertas y las ventanas cerradas a cal y canto. Ni hablar de cuando nos enteramos que Hilda y Andrea eran prostitutasregenteadas por Estela y que los chicos esos que “no estudiaban” estaban bajo libertad condicional (de ahí la presencia habitual de la policía en la casa).
¿Qué teníamos que hacer nosotras allí, bajo el mismo techo con putas y ladrones ?, nos preguntábamos escandalizadas.
Sin embargo, conseguir pensión, como ya dije, no era nada fácil, así que nos fuimos quedando. Mi compañera optó por estar lo menos posible (tenía a su novio en Paraná; le resultaba simple escaparse) y a mí no me quedó más remedio que empezar a acercarme o, mejor dicho, dejar que se me acercasen.
Mi puente a los demás fue Beto, el mucamo. Cuando la vieja y él se peleaban, ella lo echaba a la calle: era una especie de rutina, en realidad, porque la expulsión nunca se cumplía . La primera vez que hablamos yo volvía de la facultad y lo encontré llorando en el patio; era la hora de la siesta así que estaban todos durmiendo. Le pregunté si estaba bien y me dijo que no . Lo invité a pasar a mi pieza a tomar unos mates. A partir de ese día nos fuimos haciendo compinches. Aunque Beto era visiblemente gay, las primeras semanas de nuestra amistad, hacía que me tiraba onda. Cuando zanjamos esa cuestión y se animó a decirme que le gustaban los tipos, los dos nos sentimos aliviados. Era un chico pobre del interior de la provincia, estudiaba un profesorado y hacía la limpieza de la pensión a cambio del hospedaje . Para cubrir sus otros gastos, se las rebuscaba en la zona roja de la Terminal. Una noche lo acompañé, con la excusa de un trabajo para la facu. Deambular por allí, a la madrugada, en su compañía, fue la experiencia más extrema que había tenido hasta ese momento. No es que nunca hubiese visto a una prostituta de cerca (de chica jugaba con los hijos de una que visitaba a mi tío a domicilio), pero charlar con las chicas, los muchachos y las travestis que yiraban por ahí, ver cómo se metían en los autos que venían a buscarlos, conversar un rato con uno de los rufianes que se abrió la chaqueta y me mostró un arma… todo eso, para una pajuerana como yo, era la revelación del mundo real, mucho más duro y desolado que el que conocía.
Beto fue habilitando mi llegada al resto. Todos lo querían porque tenía buen corazón y porque Estela, a la que todos temían y despreciabanpor partes iguales, lo trataba como a un trapo viejo.
Con Hilda también nos hicimos amigas. Ella era de un pueblito cercano. Aunque teníamos la misma edad, parecía más grande y era una mujer hermosa . Venía de una familia muy pobre. Ellos no sabían lo que hacía en Paraná, pensaban que era empleada en una tienda. Una mañana volvía de trabajar, pintada como una puerta y con un vestido mínimo, cuando se topó en la calle con un conocido de su pueblo: sintió tanta vergüenza que sólo atinó a salir corriendo . Era muy generosa (una vez me prestó algo de plata hasta que me llegara un giro de mi mamá) y alegre, pero tenía sus momentos de melancolía, cuando me hablaba de una infancia feliz y de una adolescencia de acosos y abusos que me hacían preguntarme, avergonzada, con qué derecho me quejaba yo de mi propia vida.
También había un joven boxeador, Alberto, que era taxi boy de viejos ricos que le regalaban relojes, cadenitas… venía y me mostraba orgulloso sus trofeos y si tenía plata me invitaba una gaseosa, mientras hablaba de vivir sólo del boxeo y dejar “esta vida” para siempre. Sin embargo, pese a sus aspiraciones de cambio, tampoco se quejaba de “esa vida”. Ninguno de ellos se quejaba, no era resignación sino algo más parecido a la paciencia: hay que esperar, ya llegará nuestro momento , parecían pensar. Y esa fue una gran enseñanza para mí que no sabía lo que quería, pero lo quería ya.
Algunas veces Estela también me gritaba a mí, viéndome cada vez más incorporada al latido de la casa, ella ya no tenía el prurito de tratarme bien porque era “una estudianta”; las diferencias con el resto de los inquilinos se iban borrando.
De pronto yo, que nunca había tenido muchas amistades , ahora tenía un montón. Además de ellos, dos de los estudiantes, Caffa y Gustavo, que también habían pasado del espanto inicial a entablar una amistad con el resto de los pensionistas.
En cambio, empezó a crecer la distancia entre mi compañera y yo: aunque no éramos amigas íntimas, siempre nos habíamos llevado bien. Pero ahora ella se metía cada vez más en sus libros y yo, en la vida de la pensión. Ella sufría cada minuto que pasaba allí y yo estaba fascinada con esas vidas que tenían tanto para decir (me).
Ese año fue fundamental para mí. Si yo había creído que escaparme del pueblo era, simplemente, irme de allí, durante esos meses aprendí que recién pude escaparme cuando empecé a conocer a mis compañeros de pensión. En el fondo, yo no quería huir de una geografía sino de una manera de estar en el mundo, de una idiosincrasia , que no me interesaba: el qué dirán, la intolerancia, el chismorreo, la hipocresía.
Con ellos aprendí a mirar al otro, a escuchar, a tratar de ponerme en sus zapatos. Y aunque entonces no había escrito una sola línea ni pensaba en ser escritora, creo que también con ellos (o gracias a ellos) empecé a escribir.
Selva lava una olla en la única imagen que conserva de la pensión de Paraná a la que llegó desde su pueblo, Villa Elisa.


Selva Almada (Entre Ríos, 1973). Autora de El viento que arrasa, publicado este año,Una chica de provinciaNiños y Mal de muñecas. Sus relatos integran diversas antologías de Argentina y la antología Die Nacht des Kometen (Edition 8, Alemania, 2010). Coordina talleres de lectura y escritura.

Fuente:Clarín, 15/12/2012
Para seguir leyendo a Selva Almada: http://www.unachicadeprovincia.blogspot.com.ar/