martes, 29 de noviembre de 2011

Daniel Capanna, Poemas

















Umbrales etruscos // Daniel Capanna (1964-2009)
Selección: Ignacio Vázquez

Laberintos

Un laberinto inescrutable como la biblioteca de cierto convento, un himno entonado por un rapsoda ciego a los pies del Partenón. Las manos de aquel que vivió en laberintos de espejos, apoyadas sobre un bastón egipcio. Una biblioteca, la de Alejandría, a la que acudo en cada sueño reiterado. Una voz, la suya, soñando un pasado de vikingos. Una silueta, aquella que hoy me tiende su mano, recortada contra un ventanal luminoso. Unos ojos, ciegos ya, iluminando cerebros oscurecidos. Un laberinto, el mío, construido por Dédalo y su hijo. Un espejo, el de mi pieza, donde observo su rostro cansado. Todas estas cosas me acompañan cuando entrando al laberinto apoye mi mano en la suya, y me deje guiar, como Virgilio lo hizo con Dante, por los intrincados senderos de espejos soñados.

Umbral

Si dejé abierto este espacio de mi ser,
es sólo porque necesito que me conozcas.
Si abro mi espíritu ante vos,
es porque busco hacerte parte mía
Si tanteo buscando tu alma,
es sólo porque sigo ciego a la mano que me tendiste
Si encontrás mis sentimientos congelados,
es sólo porque tengo miedo a sentir
Si la puerta que te abro es estrecha,
te pido que la ensanches
Sé vos la persona que derrita mi hielo:
necesito imperiosamente amar, vivir…
Mi puerta continúa abierta.
Trasponé el umbral y empezá a conocerme

Queríamos tanto a Alejandra

En los crepúsculos interminables de tu insípida infancia,
soñaste despierta un futuro
Sin tu pueblo somnoliento,
sin calles de tierra arboladas,
sin cigarras en la siesta
ni vecinos tomando mate en camiseta.
Soñaste un futuro
sin una vivienda como todas
con un pequeño jardín al frente,
sin un perro mestizo,
demasiado agobiado por el calor como para molestarse en ladrar;
sin tu padre militar leyendo el diario,
ni tu madre, ama de casa, mirando la TV,
sin tu hermano arreglando un auto viejo
ni tu hermana casquivana platicando por teléfono.
Soñaste un futuro
sin horas de tedio que matar leyendo
bajo los sarmientos de una parra;
sin amigas locuaces parloteando
a la sombra de un paraíso,
sin hombres siempre esquivos,
ni letales jornadas de escuela.

Un día, no distinto de otros,
hallaste en la librería del poblado
entre novelas de Corín Tellado y manuales de colegio,
una biografía de Alejandra.
Sin cautela te asomaste
al espejo de aguas oscuras
de aquella existencia desdichada
y te enamoraste de ella.

Sucumbiste ante su origen ordinario,
no tan distinto del tuyo.
Te sedujeron la indiferencia familiar,
su lucha contra la obesidad,
el acné de su rostro redondeado,
las anfetaminas y los emparedados de mortadela
que nunca pudo dejar de consumir,
el desengaño con los hombres,
su apenas velado lesbianismo,
el desamor y la congoja
que siempre anunciaron su inmolación.
Te enamoraste de esa otra vida posible,
sin ocasos opresivos llenos de tedio y cotidianeidad.
Soñaste una vida heroica
de rechazo y humillación,
una muerte perfecta
anunciada en mil poemas.
Imaginaste un padre autoritario y represor,
esbirro del terrorismo de estado;
una madre anorgásmica, sometida a su cruel esposo,
que te castigara cuando denunciases los abusos
a los que te sometieran los múltiples novios de tu hermana.
Un hermano incestuoso
que te espiara en la ducha;
un salvaje mastín que siendo infante
te dejara marcas imborrables en tu rostro;
un maestro infame
que desestimara tus capacidades literarias
a quien dedicar, con sublime ironía, tu primer premio Clarín.
Un libidinoso sacerdote
que intentara seducirte a tierna edad
y marcara así tu rechazo por las religiones.
Una amiga que traicionara
esa prohibida relación lésbica que mantuvieran
(y que habría de escandalizar
a la mojigata sociedad pequeño burguesa de tu aldea)
y escapara con tu novio.
Un novio que te engañara con tu mejor amigo gay,
del que habrías estado enamorada secretamente
desde la pubertad.
Pero tu vida siempre ha carecido de ese sufrimiento
sin el cual la poesía sólo es una ausencia,
una cáscara vacía,
azotada de polvo, calor y aburrimiento.

Soñaste que algún día
todos leerían en tu lírica la marca de ese dolor,
bello y ansiado padecimiento,
que te era negado por ese sinsentido llamado felicidad.

Soñaste un futuro en el que la editora
de una cardinal publicación literaria
te rescatara post mortem
de esta existencia pueblerina,
de tus amigas que se niegan a experimentar el lesbianismo,
del calor y la humedad,
de los vecinos en camiseta,
de tu padre, que se hizo militar a falta de un buen trabajo,
de tu madre siempre dispuesta a escucharte,
de tu perro que no ladra,
de tu hermano que no entiende que le gustes a sus amigos,
de tu hermana, buena piba pero algo hueca,
de la obra poética que nunca te sentás a escribir,
de ese intento de suicidio
que siempre, siempre,
dejás para más adelante

Quince segundos

Como Warhol sentenciara,
todo hombre merece
sus quince minutos de fama.
Pero como en televisión el tiempo es tirano,
hemos decidido dedicar mayor espacio
a la pauta publicitaria y a la programación autorreferencial.
Así que, lo sentimos,
de ahora en más
la cosa es así:
todo hombre puede aspirar a quince segundos de notoriedad
en horario no central.


Historia de vida

Naciste, berreaste,
te ensuciaste,
te amaron, amaste.
Creciste, chillaste;
jugaste, perdiste.
Te enamoraste,
sufriste, toleraste,
te angustiaste, te revelaste,
pataleaste, gritaste,
te cortaste, te drogaste,
te encerraron,
sobrellevaste aguantaste,
te ahorcaste…
tomaste Rivotril, Alplax y Zoloft.
Te portaste bien,

te escondiste, callaste, silenciaste;
te tomaste todas las pastillas juntas:
te lavaron el estómago,
te aislaron;
te inyectaron Halopidol, Risperdax y Lexotanil.
Te calmaste, babeaste, disimulaste;
te portaste bien.
Ingeriste Foxetín, Survector y Rohipnol.
Te descompensaste,
entraste en fase maníaca,
gritaste, vociferaste, aullaste,
lastimaste,
te lastimaron…
Te aplicaron electrosismoterapia,
Valcote, Tegretol y Midax.
Hiciste laborterapia;
tomaste Lamictal y Sidenar;
participaste de la terapia de grupo,
te portaste bien,
miraste televisión,
cooperaste, te equilibraste,
te deprimiste;
te dieron Lithium, Emotival y Anafranil,
saliste, paseaste, te alegraste.
Te portaste bien,
te integraste,
te bajaron la medicación,
te soltaron.
Trabajaste, fuiste bueno,
útil a la sociedad,
sujeto productivo.
No agrediste,
no peleaste,
te adaptaste…aprendiste.

Ahora ya está,
¿qué más querés?
Nadie te dijo que ibas a ser feliz

Satori

Tajima no Kami anhelaba,
más que nada en el mundo,
alcanzar la iluminación.
Como todos los maestros se negaran a recibirlo,
partió hacia el monte Futara,
para solicitar las enseñanzas del sensei Banzo,
último Buda viviente.
Al verlo cansado, hambriento y andrajoso,
Banzo lo golpeó con una vieja escoba
gritándole: vete de aquí, perro sarnoso!
Tajima no Kami, sólo, bajo la lluvia,
comprendió el sentido de la humildad.
Cuando comunicóa su amestro su conclusión,
Banzo se limitó a escupirle en el rostro.
Tajima comprendió kenshin ken,
la opinión errónea que viene de datos inciertos.
Cierta vez, Banzo lo empujó desde un alto puente
a las frías y cristalinas aguas del río…
Allí, a punto de ahogarse, comprendió Tajima
el sentido último de ikioi, la respiración.
Y cuando Banzo lo arrojó a un profundo precipicio,
entendió, tras un mes de coma profundo,
la naturaleza de ku, el vacío.
A la primavera siguió el verano; a ésta siguió el otoño
y luego el invierno… y nuevamente la primavera.
Tajima no Kami crecía en sabiduría,
entendimiento, y lesiones invalidantes.
Fue en una tarde calurosa,
observando una flor de cerezo
enredada en los blancos cabellos de Banzo
que en estado extático dijo: ¡he visto al Buda en mi camino!
A lo que el viejo sensei contestó distraídamente:
“si ves al buda en el camino mátalo, pues no es el verdadero buda”
Tajima no Kami tomó el bastón de su maestro
y golpeó a Banzo hasta matarlo…
Entonces, alcanzó el satori.


Nota de Lisarda- hoy, 29 de noviembre, sería el aniversario de nuestro querido e inolvidable amigo. Vayan estas poesías de él como una forma de perpetuar su memoria.

3 comentarios:

Rayuela dijo...

perpetuar su memoria

abrazo*

Felicidad Batista dijo...

Ignacio, interesante escritor de prematura muerte. Queda su palabra y la de los amigos que lo recuerdan.
Abrazos

Celia Clara Fischer dijo...

Tal vez, la Muerte lo amó tanto que lo quiso solo para Ella y pronto. Se llevó la poesía que faltaba.