martes, 2 de febrero de 2010

María Elena Walsh, El 45

Te acordás hermana qué tiempos aquellos,
la vida nos daba la misma lección.
En la primavera del cuarenta y cinco
tenias quince años lo mismo que yo.

Te acordás hermana de aquellos cadetes,
del primer bolero y el té en El Galeón
cuando los domingos la lluvia traía
la voz de Bing Crosby y un verso de amor.

Te acordás de la Plaza de Mayo
cuando «el que te dije» salía al balcón.
Tanto cambió todo que el sol de la infancia
de golpe y porrazo se nos alunó.

Te acordás hermana qué tiempos de seca
cuando un pobre peso daba un estirón
y al pagarnos toda una edad de rabonas
valía más vida que un millón de hoy.

Te acordás hermana que desde muy lejos
un olor a espanto nos enloqueció:
era de Hiroshima donde tantas chicas
tenían quince años como vos y yo.

Te acordás que más tarde la vida
vino en tacos altos y nos separó.
Ya no compartimos el mismo tranvía,
sólo nos reúne la buena de Dios.

lunes, 1 de febrero de 2010

María Elena Walsh, La vaca estudiosa

María Elena Walsh, Oración a la justicia

justicia medio ciega Que, que.... mentirilla le costo 22 años de carcel y resulta que ahora es inocente

Señora de ojos vendados
que estás en los tribunales
sin ver a los abogados,
baja de tus pedestales.
Quítate la venda y mira
cuánta mentira.

Actualiza la balanza
y arremete con la espada,
que sin tus buenos oficios
no somos nada.

Lávanos de sangre y tinta,
resucita al inocente
y haz que los muertos entierren
el expediente.

Espanta a las aves negras,
aniquila a los gusanos
y que a tus plantas los hombres
se den la mano.

Ilumina al juez dormido,
apacigua toda guerra
y hazte reina para siempre
de nuestra tierra.

Señora de ojos vendados,
con la espada y la balanza
a los justos humillados
no les robes la esperanza.
Dales la razón y llora
porque ya es hora.

María Elena Walsh, Entonces

Cuando yo no te amaba todavía
-oh verdad del amor, quien lo creyera-
para mi sed no había
ninguna preferencia verdadera.

Ya no recuerdo el tiempo de la espera
con esa niebla en la memoria mía:
¿El mundo cómo era
cuando yo no te amaba todavía?

Total belleza que el amor inventa
ahora que es tan pura
su navidad, para que yo la sienta.

Y sé que no era cierta la dulzura,
que nunca amanecía
cuando yo no te amaba todavía.

María Elena Walsh cumple 80 años

Los cinco mejores libros del siglo XX
Casi extraterrestre para lo que hoy día se considera canción y literatura infantil, María Elena Walsh es un clásico vivo. Ajena a las modas y sin el afán de usufructuar las mieles de ningún poder, esta poeta, juglar y narradora ha sabido mantenerse, por la sola virtud de su talento, en la fidelidad de un público multigeneracional.
En lo que hace a literatura infantil, su percepción para lo disparatado-fruto de su conocimiento de las nursery rhymes como de la poesía popular- me sacó del monopolio culpógeno-lacrimoso de un Edmundo d' Amicis o de un Dickens, por más geniales y bienintencionados que fueran.
Menos difundidas que Canciones para mirar, pero no menos valiosas fueron las Canciones del tiempo de Maricastaña, donde Walsh refrescaba, junto a Leda Valladares, el cancionero popular español.
A mis 13 años, en una feria del libro que todavía era frecuentada por lectores y no era un lugar de paseo para mirar libros, me acerqué a saludar a María Elena, que sacó de su cartera una tarjeta y la firmó, casi como una forma cortés de despedirme.

Martha Cooley, El archivero

Borges afirmaba, en un poema, que ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica. Con un argumento metaliterario, Martha Cooley traza, en esta espléndida novela, dos historias paralelas que en algún momento-al mejor estilo Vargas Llosa-comienzan a entrecruzarse.
Matthias Lane, viudo, trabaja como archivero en una universidad norteamericana y tiene a su cargo custodiar un tesoro reservado a los estudiosos: las cartas inéditas intercambiadas entre T.S.Eliot y Emily Hale. (Una oportuna advertencia nos informa que, "todos los personajes, salvo los del poeta T.S.Eliot, su primera esposa, y su amiga Emily Hale, son imaginarios"; asimismo, la autora admite estar en deuda con la biografía que de Eliot hiciera Lyndall Gordon).
A pesar de este breve descargo en favor de la acotada verosimilitud, lo cierto es que lo más admirable es, precisamente, la imaginación recreadora de Martha Cooley. La irrupción, en la vida rutinaria del archivero, de Roberta Spire, una estudiante que busca indagar en el epistolario prohibido; el parecido entre ésta y la mujer del archivero, que era poeta; el paralelismo tácito entre la mujer del archivero y la mujer de Eliot, son momentos de una delicadeza y tensión narrativa irresistibles.
Párrafo aparte merece-para quien esté al tanto de las hipótesis biográficas en torno de T.S.Eliot- la oscura presencia de Vivienne, quien vivió sus últimos diez años en un manicomio de Londres. En la página 24 de mi edición española, leo: "Debajo de un antifaz de penitente se ocultaba aquel hombre ambicioso que era Eliot. Sabía que la locura de su mujer podía diezmarle todas las posibilidades. Aunque se las ingeniaba para protegerse de ella, persistía la mancilla que ensuciaba, indeleble, su relación. (...) ("En cuanto a la mente de Tom, su mente soy yo", escribió Vivienne a una amiga poco después de ser internada)". Párrafos como éste, supongo, serían la delicia de los que practican la crítica genética y se ponen a dilucidar la autoría intelectual de las correcciones manuscritas a The Waste Land.
(Esto, por no hablar de la crítica biográfica doméstica: recuerdo la monumental biografía de Nora Barnacle, la mujer de Joyce; valga lo mismo para las elucubraciones tejidas sobre Lucía, su hija, atendida por problemas mentales por Jung y que muriera en 1982, justo para el centenario de su padre: algo de voyeurista elemental so pretexto de crítica literaria hay en esos intentos)
Lo genial de Martha Cooley es que ha puesto en tensión estas dos tendencias: la del límite- si una dedicatoria o la marginalia de un autor puede entrar en sus Obras Completas- y su opuesto, la curiosidad por la memorabilia y las reliquias que buscan los fans.
En esa tensión, gana el límite. El archivero piensa: "Yo sabía que las cartas de Eliot a Emily no constituían un legado que hubiera hecho él (...) Lo que él nos legó fue su poesía. Era lo único que importaba. Lo demás no era de nuestra incumbencia."(Bastardilla en el original, como para decir: esto va por unos cuantos...)
Y está bien la advertencia: ya estaba,yo, acariciando una tesis parecida para el tándem Sylvia Plath y Ted Hugues...

Borges, Góngora

Marte, la guerra. Febo, el sol. Neptuno,
el mar que ya no pueden ver mis ojos
porque lo borra el dios. Tales despojos
han desterrado a Dios, que es Tres y es Uno,
de mi desierto corazón. El hado
me impone esta curiosa idolatría.
Cercado estoy por la mitología.
Nada puedo. Virgilio me ha hechizado.
Virgilio y el latín. Hice que cada
estrofa fuera un arduo laberinto
de entretejidas voces, un recinto
vedado al vulgo, que es apenas, nada.
Veo en el tiempo que huye una saeta
rígida y un cristal en la corriente
y perlas en la lágrima doliente.
Tal es mi extraño oficio de poeta.
¿Qué me importan las befas o el renombre?
Troqué en oro el cabello, que está vivo.
¿Quién me dirá si en el secreto archivo
de Dios están las letras de mi nombre?

Quiero volver a las comunes cosas:
el agua, el pan, un cántaro, unas rosas...