Mostrando entradas con la etiqueta El país de las últimas cosas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El país de las últimas cosas. Mostrar todas las entradas

sábado, 17 de julio de 2010

Paul Auster, Confesiones ardientes


















Intentamos limitar nuesro consumo de cigarrillos a cuatro o cinco por noche, y finalmente Sam se dejó crecer la barba otra vez. Después de todo, las hojas de afeitar eran casi un lujo y había que optar entre una cara suave para él o unas suaves piernas para mí. Ganaron las piernas por unanimidad.
De día o de noche se necesitaban luces para meterse en los archivos. Los libros estaban situados en una habitación central del edificio, y por ende no había ventanas en ninguna de las paredes. Como la luz eléctrica había sido cortada hacía mucho tiempo, no había otra opción que llevarse una luz propia.(...)De cualquier modo era discutible si la Biblioteca seguía siendo o no una biblioteca. El sistema de clasificación se había desorganizado por completo, y con tantos libros desaparecidos, era casi imposible encontrar el volumen que uno buscaba.(...) Juntaba todos los libros que podía entre los brazos y volvía coriendo arriba, a nuestra habitación. Gracias a los libros nos mantuvimos calientes todo el invierno; a falta de otro tipo de combustible, los quemábamos en la estufa de hiero para producir calor. Sé que parece horrible, pero no teníamos otra opción, había que escoger entre eso o morirnos de frío. Por supuesto, no se me escapaba la paradoja: todos esos meses trabajando en un libro y al mismo tiempo quemando tantos otros para mantenernos calientes.
(Fragmento de El país de las últimas cosas, 1987)