sábado, 3 de julio de 2010
viernes, 2 de julio de 2010
Víctor Clementi, Divertimento
La Bonaerense capturó 400 kilos de cocaína
pero a mi no me jodió porque no tomo merca.
La Brigada incautó 750 tripas de ácido licérgico
pero a mi no me afectó porque no consumo pepas.
La Federal detuvo a 6 vendedores de Paco
pero me importó 3 carajos porque no fumo pasta base.
El almacenero no me vende vino después de las 9 de la noche
LA PUTA MADRE QUE LOS PARIÓ...
pero a mi no me jodió porque no tomo merca.
La Brigada incautó 750 tripas de ácido licérgico
pero a mi no me afectó porque no consumo pepas.
La Federal detuvo a 6 vendedores de Paco
pero me importó 3 carajos porque no fumo pasta base.
El almacenero no me vende vino después de las 9 de la noche
LA PUTA MADRE QUE LOS PARIÓ...
Fuente: http://lacocuzza.blogspot.com/
jueves, 1 de julio de 2010
Pablo Neruda, Soneto XXI
Oh que todo el amor propague en mí su boca,
que no sufra un momento más sin primavera,
yo no vendí sino mis manos al dolor,
ahora, bienamada, déjame con tus besos.
Cubre la luz del mes abierto con tu aroma,
cierra las puertas con tu cabellera,
y en cuanto a mí no olvides que si despierto y lloro
es porque en sueños sólo soy un niño perdido
que busca entre las hojas de la noche tus manos,
el contacto del trigo que tú me comunicas,
un rapto centelleante de sombra y energía.
Oh, bienamada, y nada más que sombra
por donde me acompañes en tus sueños
y me digas la hora de la luz.
que no sufra un momento más sin primavera,
yo no vendí sino mis manos al dolor,
ahora, bienamada, déjame con tus besos.
Cubre la luz del mes abierto con tu aroma,
cierra las puertas con tu cabellera,
y en cuanto a mí no olvides que si despierto y lloro
es porque en sueños sólo soy un niño perdido
que busca entre las hojas de la noche tus manos,
el contacto del trigo que tú me comunicas,
un rapto centelleante de sombra y energía.
Oh, bienamada, y nada más que sombra
por donde me acompañes en tus sueños
y me digas la hora de la luz.
miércoles, 30 de junio de 2010
Borges-Vítor Ramil, Milonga de los Morenos
Alta la voz y animosa
Como si cantara flor,
Hoy, caballeros, le canto
A la gente de color.
Marfil negro los llamaban
Los ingleses y holandeses
Que aquí los desembarcaron
Al cabo de largos meses.
En el barrio de Retiro
Hubo mercado de esclavos;
De buena disposición
Y muchos salieron bravos.
De su tierra de leones
Se olvidaron como niños
Y aquí los aquerenciaron
La costumbre y los cariños.
Cuando la patria nació
Una mañana de Mayo,
El gaucho sólo sabía
Hacer la guerra a caballo.
Alguien pensó que los negros
No eran ni zurdos ni ajenos
Y se formó el Regimiento
De Pardos y de Morenos.
El sufrido regimiento
Que llevó el número seis
Y del que dijo Ascasubi:
“Más bravo que gallo inglés”.
Y así fue que en la otra banda
Esa morenada, al grito
De Soler, atropelló
En la carga del Cerrito.
Martín Fierro mató a un negro
Y es casi como si hubiera
Matado a todos. Sé de uno
Que murió por la bandera.
De tarde en tarde en el Sur
Me mira un rostro moreno,
Trabajado por los años
Y a la vez triste y sereno.
¿A qué cielo de tambores
Y siestas largas se han ido?
Se los ha llevado el tiempo,
El tiempo, que es el olvido.
Como si cantara flor,
Hoy, caballeros, le canto
A la gente de color.
Marfil negro los llamaban
Los ingleses y holandeses
Que aquí los desembarcaron
Al cabo de largos meses.
En el barrio de Retiro
Hubo mercado de esclavos;
De buena disposición
Y muchos salieron bravos.
De su tierra de leones
Se olvidaron como niños
Y aquí los aquerenciaron
La costumbre y los cariños.
Cuando la patria nació
Una mañana de Mayo,
El gaucho sólo sabía
Hacer la guerra a caballo.
Alguien pensó que los negros
No eran ni zurdos ni ajenos
Y se formó el Regimiento
De Pardos y de Morenos.
El sufrido regimiento
Que llevó el número seis
Y del que dijo Ascasubi:
“Más bravo que gallo inglés”.
Y así fue que en la otra banda
Esa morenada, al grito
De Soler, atropelló
En la carga del Cerrito.
Martín Fierro mató a un negro
Y es casi como si hubiera
Matado a todos. Sé de uno
Que murió por la bandera.
De tarde en tarde en el Sur
Me mira un rostro moreno,
Trabajado por los años
Y a la vez triste y sereno.
¿A qué cielo de tambores
Y siestas largas se han ido?
Se los ha llevado el tiempo,
El tiempo, que es el olvido.
Nota: Vítor Ramil (1962) músico y escritor gaúcho, ha musicalizado en Délibáb, su último trabajo, textos de Jorge Luis Borges y de Joao da Cunha Vargas.
Para quienes quieran conocer más, recomendamos, en la columna de Ser/afines, a http://www.vitorramil.com.br/
domingo, 27 de junio de 2010
Elogio del silencio y vituperio del ruido
Creo en la naturaleza del silencio. Creo que hay algo benéfico y hasta saludable en la contemplación silenciosa de un paisaje o en la compañía silenciosa de dos que se amen.
Creo en el silencio buscado deliberadamente, como dique natural ante el embate de los chismes, de la calumnia, de la trivialidad. Creo en el silencio como antesala del estudio y de la escritura.
Tengo en mente, ahora, diversas escenas en que aparece el ruido.
Una fue hace varios años, en la secundaria. Era la hora de Filosofía y teníamos que leer y comentar algún capítulo de Manuel García Morente. Estábamos concentrados en la tarea, nadie hablaba y la situación era natural. Una compañera no pudo resistir y exclamó "¡qué silencio!". Lo dijo con asombro genuino, como si tal comportamiento fuese chocante.
Hacia 2003-2004, visitaba a mi amiga y maestra Eva García en un geriátrico clandestino-ninguna placa lo identificaba- en el que estaba recluída contra su voluntad. Todas las veces que la fui a ver, había un televisor encendido que nadie miraba. La última vez que la visité, fue poco después del almuerzo y los demás ancianos se habían retirado a dormir la siesta. Nos pusimos a conversar y en algún momento le comenté algo sobre el volumen del televisor y me dijo "¡sí, bajalo! Total, nadie lo mira...". Eva necesitaba caminar: se apoyó en mi brazo y dimos varias vueltas a la mesa del comedor, a paso lento.
Fue la última vez que hablamos.
Otra ocasión fue en el Hospital Roffo, un centro oncológico donde mi padre hacía su tratamiento. Esa mañana llegué temprano y estaba en una minúscula sala de espera. Había un televisor encendido y en el canal de Crónica, con su habitual repertorio de crímenes, policías corriendo, y multitudes exaltadas. Como no tenía ningún interés en intoxicarme tan temprano, me puse en puntas de pie y apagué el aparato.
Al rato, apareció una enfermera que miró contrariada la pantalla gris.
- ¿Qué pasó? La tele estaba prendida.
- Sí-le respondí- yo la apagué.
Con gesto de fastidio la volvió a encender, diciendo a media voz "bueno, pero la gente se aburre" al tiempo que se retiraba.
Miré a mi alrededor.
Nadie.
Yo era, en todo caso, la única "gente" que había.
De modo que, o yo estaba aburrido, o yo no era gente.
Hasta el año 2009, la confitería Saint Moritz- en la esquina de Esmeralda y Paraguay- era una de las más singulares del microcentro porteño. La iluminación y el mobiliario son de la década del 50. Madera oscura, sillas de cuero rojo, manteles amarillos. Dado que en la cuadra adyacente al Saint Moritz hay una playa de estacionamiento, no hay edificios altos y a partir del mediodía entra la luz generosamente a través de los ventanales. Y era uno de los pocos bares que quedaban sin televisor, de modo que cuando quería esa feliz conjunción de leer un libro y tomar un café, sin más sonido que el rumor de la conversación en las otras mesas, no había mucho para elegir.
Entré la semana pasada al Saint Moritz y me senté junto al ventanal que da a Paraguay, para leer con luz natural. Algo había cambiado. Varias cabezas se orientaban al mismo punto: un televisor que no tenía nada qué hacer en ese ambiente, ponía su nota de estridencia y agitación.
El Saint Moritz, ahora, es un sitio más.
Su singularidad ya era cosa del pasado.
Y tengo en mente una escena de silencio.
A principios de 1984, a los 19 años, pasé dos semanas como huésped en la abadía benedictina de Los Toldos. Recuerdo el silencio en el que viví en aquellos días, lejos del mundanal ruido, como diría Fray Luis de León. Los monjes tenían un horario determinado para conversar. Había un tiempo de silencio y un tiempo de diálogo.
Cuando volví a la vida cotidiana, traté de llevar conmigo aquel silencio.
En medio de la rutina- ¿qué será la rutina?-tengo momentos en que entro y salgo de aquel silencio.
Como si fuera el único habitante de un monasterio laico.
Y así sobrevivo.

sábado, 26 de junio de 2010
miércoles, 23 de junio de 2010
Ernesto Sábato cumple 99 años
Ernesto Sábato; foto: José Luis Cabezas
24 de Junio de 2010: Ernesto Sábato cumple 99 años.
Es fácil ensañarse con el personaje que el mismo Sábato contribuyó a crear: el existencialista eterno que pide subir a la cruz de todos los calvarios de la historia argentina.
Es fácil demorarse en el personaje público y así postergar la lectura de sus libros.
Es fácil ensañarse con un anciano que ya no puede leer, que por momentos pierde la memoria, y que necesita de otros para su cuidado e higiene.
Es fácil satirizarlo por sus ideas: yo mismo lo hice.
Es fácil, en 99 años de vida de cualquier argentino, encontrar alguna contradicción.
Es tentador buscar la foto en que aparece con el general Videla en 1976.
Tan tentador como imaginar la foto que desearía sacarse hoy, en 2010, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, junto a Ernesto Sábato.
No podrá ser, pero la foto será con el hijo de Sábato.
Ayer y hoy, el idealismo de Sábato fue y sigue siendo redituable.
No es tan redituable imitarlo.
No es aconsejable imitarlo.
No es fácil, en 99 años de vida de cualquier argentino, encontrar una coherencia fundamental.
En un país con 200 años de vida retóricamente independiente, Ernesto Sábato tiene casi la mitad de la historia del país.
Un país que ya no precisa leer, que sistemáticamente destruye la memoria, y que necesita del arbitrio de otros para administrar su decadencia.
***
La foto del malogrado José Luis Cabezas descontextualiza a Sábato de la iconografía habitual de la biblioteca o de las estatuas del Parque Lezama: el cielo azul y un sol de pintura ingenua acorralan a un Sábato de brazos cruzados, como a la defensiva.
La película de Mario Sábato, próxima a estrenarse- Ernesto Sábato, mi padre- seguramente nos dará una imagen más intimista y frágil de este longevo creador.
Feliz cumpleaños, Maestro.
José Saramago y Ernesto Sábato en 2004
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