"Conozco a fondo la estrategia literaria y la desprecio. Me da lástima la inocencia de mis contemporáneos y la respeto. Además tengo la pretensión de no repetirme nunca, ni pedir prestado glorias ajenas, de ser siempre virgen, y este narcisismo se paga muy caro”. Dandy, provocador, bohemio, cosmopolita: sólo algunas de las muchas máscaras de Emilio Lascano Tegui (1887-1966), autodenominado Vizconde, escritor que sigue siendo maldito y secreto en la literatura argentina. Fue poeta, novelista y ensayista con la misma vitriólica desfachatez. Distintas aristas de una personalidad orgullosamente inasible, ajena a cualquier espíritu de cuerpo literario, y que pagó con la indiferencia ajena sobre su obra. Silencio atenuado en estos últimos años, gracias a la reedición de sus libros por la editorial Simurg.
Nacido en Concepción de Uruguay (Entre Ríos) en 1887, Emilio Lascano Tegui estudió en el Colegio Nacional de Buenos Aires y vivió su adolescencia en San Telmo. Esos años y ese barrio serán retomados muchos años después en los sencillos poemas de Muchacho de San Telmo. A sus veinte años se lo podía escuchar recitando sus discursos en versos octosílabos rimados, como orador de
De la elegancia mientras se duerme (1925) es su libro más acabado. Novela episódica y digresiva, estructurada como diario personal, está ambientada en una pesadillesca Francia de fines del siglo XIX. El fragmento inicial reúne todos los ingredientes del texto: el fetichismo, el dandismo, la estetización del crimen, la escisión psiquica. El narrador-protagonista visita a una manicura: “Mis manos no parecían pertenecerme. Las coloqué sobre la mesa, frente al espejo, cambiando de postura y de luz. Tomé una lapicera con esa falta de soltura con que se toman las cosas ante un fotógrafo y escribí. Así comencé este libro. A la noche fui al ‘Moulin Rouge’ y oí decir en español a una dama que tenía cerca, refiriéndose a mis extremidades: -Se ha ciudado las manos como si fuera a cometer una asesinato”. Una voz que se abre paso entre recuerdos infantiles “pecaminosos”, odas al chancro sifilítico, regodeo ante el sufrimiento propio y de los otros, y punzantes reflexiones sobre el arte.
Articulista versátil y brillante, Lascano Tegui abordó una infinidad de temas en sus últimos años. Varias de esas notas fueron reunidas en Mis queridas se murieron (1997). Es un Lascano Tegui ya más conservador, que mira hacia el pasado, reniega de la modernidad urbana y apela a la sencillez de la vida pueblerina. En la ubicua Patoruzú, entre 1946 y 1951, publica unas columnas melancólicas, que a su vez conservan ecos de la mejor patafísica à
Póstumo en vida, con varios de sus textos aún inéditos o perdidos, Lascano Tegui nunca dejó de amargarse ante la indiferencia del público, de sus colegas y de los críticos: “Como una consecuencia a la carencia de obra original,
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